Cómo un pedido de cuarto intermedio dejó al descubierto que en Zárate no solo se discute el destino de la ribera: se está definiendo quién manda en el peronismo local.
Hace una semana, el Concejo Deliberante de Zárate se convirtió en el escenario de una película que nadie había ensayado. Los actores llegaron con el libreto aprendido, pero cuando la cámara empezó a rodar, alguien cambió las líneas. Y el director, que en este caso es el presidente del cuerpo Leandro Matilla, descubrió que no tenía control ni del elenco ni del final de la película.
La sesión del 3 de septiembre de 2026 quedó inconclusa porque Guido Borrelli, concejal de Fuerza Patria, pidió un cuarto intermedio de una semana. No fue un gesto de cortesía parlamentaria. Fue, en el fondo, una admisión de algo que muchos en la política zarateña sabían pero pocos se animaban a decir en voz alta: el peronismo local llegó a la hora de la verdad sin saber a quién quería representar. Y ahora, con el próximo jueves acechando en el calendario, esa duda ya no cabe en los pasillos del Deliberativo. Se metió al recinto, se sentó en las bancas, y exige una respuesta.
📜 Los dos dictámenes, una misma bancada, dos mundos distintos
El expediente 205/26 es, como ya contamos en esta nota, un Frankenstein normativo que el intendente Marcelo Matzkin envió al Concejo para cambiarle la fisonomía a la Costanera de un solo plumazo. Promoción inmobiliaria, venta de inmuebles municipales, relocalización de boliches, reubicación de familias de zonas inundables: todo amontonado en un mismo proyecto, como si la complejidad de una ciudad entera cupiera en un artículo y un decreto.
En la Comisión de Legislación e Interpretación, que tiene seis miembros, el tratamiento de ese mamarracho generó algo inédito: tres dictámenes, ninguno con mayoría. Gallea y Berot firmaron uno a favor del Ejecutivo. Finkel no firmó ninguno, se abstuvo. Y los dos restantes, ambos provenientes de la misma bancada peronista de Fuerza Patria, fueron diametralmente opuestos.
Uno de ellos, firmado por Guido Borrelli y Marcela Budano, propone algo que en la jerga legislativa suena técnicamente impecable pero políticamente es un laberinto: ‘destripar’ el expediente en cuatro proyectos separados. El otro, firmado por Lucas Castiglioni, va directo al hueso: rechaza de plano el proyecto, sin vueltas ni eufemismos.
La pregunta que muchos se hacen en Zárate es simple: ¿cómo puede ser que concejales del mismo bloque tengan posiciones tan distantes? La respuesta, como suele pasar en este distrito, no está solo en los documentos. Está en las internas partidarias, en los liderazgos que se disputan el territorio, y en una pregunta que el peronismo local no se hizo a tiempo: ¿somos ‘oposición’ o somos alternativa de poder?
🔍 El dictamen de Borrelli y Budano: destripar para negociar
El documento que firmaron Borrelli y Budano, con fecha 3 de septiembre de 2026 (aunque el encabezado deja en blanco el día, como si todavía no supieran bien cuándo lo iban a soltar), es un texto largo, meticuloso, lleno de referencias legales… y curiosamente ilegal. En el fondo, es una propuesta de diálogo con el Ejecutivo disfrazada de técnica legislativa.
Su argumento central es que la ordenanza ómnibus del 205/26 mezcla ‘materias de naturaleza claramente diferenciada’ y que por eso conviene dividirla en cuatro proyectos específicos. Cada uno con su propio tratamiento, su propio anexo, su propia discusión.
Suena razonable. De hecho, suena tan razonable que cuesta no preguntarse: ¿por qué no lo hizo el propio Ejecutivo desde el principio? La respuesta, claro, es que Matzkin nunca quiso discutir absolutamente nada. Quería que el Concejo se lo tragara entero o votara en contra de todo, incluyendo la parte ‘social’ del proyecto, para después poder decir que la oposición votó ‘en contra de las familias de zonas inundables’. Es el método de la olla podrida, como ya explicamos en esta nota.
Pero acá viene lo interesante del dictamen de Borrelli y Budano. No se queda en la división técnica. Los anexos que incorporan son, en realidad, cuatro proyectos de ordenanza alternativos, cada uno con reglas propias. El Anexo 1 crea un régimen de promoción de la construcción pero con controles: un Consejo Consultivo ‘Zárate al Paraná’ con representantes del Concejo, del Ejecutivo, de entidades profesionales, de trabajadores de la construcción y de ambientalistas; créditos tributarios limitados a obras adicionales a las obligaciones legales; y, lo más importante, la preservación expresa de la Contribución por Valorización Inmobiliaria establecida por la Ordenanza Nº 4.851, con participación municipal del 10% al 30% de la acrecencia.
El Anexo 2 instruye al Ejecutivo a defender los procesos judiciales en trámite, a determinar los créditos municipales por obras ejecutadas en la Costanera, y a informar el estado de la Ordenanza Nº 4.432 que declaró de utilidad pública y sujeto a expropiación el inmueble Circ. I, Sección G, Manzana 393, Parcela 1b —sí, el de Crajevich, sobre el que ya contamos todo en esta nota y en esta otra.
El Anexo 3 regula la relocalización de locales nocturnos con condiciones estrictas: concesiones con canon, plazos definidos, publicidad de los acuerdos, y compatibilidad con el uso público de la Costanera. Y el Anexo 4 autoriza la venta de ocho inmuebles municipales pero con una condición clave: el producido debe ir exclusivamente a programas de relocalización de familias de zonas inundables, con trazabilidad presupuestaria y semestral.
En resumen: Borrelli y Budano no rechazan el proyecto. Lo rearman. Le sacan los dientes al lobo pero lo dejan entrar a la casa. Es una postura de negociación, de ‘esto se puede arreglar si hablamos’. Una postura que, en el fondo, asume que el Ejecutivo tiene algo para ofrecer y que vale la pena sentarse a charlar.
Y para hacerlo ingresan cuatro proyectos al Concejo Deliberante disfrazado de dictamen de Comisión… una vergüenza.
⚔️ El dictamen de Castiglioni: la línea de fuego
Apenas a metros de distancia en el mismo bloque, Lucas Castiglioni firmó algo completamente distinto. Su dictamen, también del 3 de septiembre de 2026, no propone divisiones ni anexos. Propone rechazo. Y no un rechazo genérico, de esos que se redactan con frases huecas. Es un rechazo con cuerpo, con argumento, con una concepción de ciudad que deja poco margen para el acuerdo.
‘Los términos en que ha sido formulado ‘promover el desarrollo urbano’, oculta una operación de apropiación privada del valor que los vecinos y vecinas de Zárate construyeron con décadas de esfuerzo y recursos comunes’, dice el texto. Y sigue: ‘No puede concebirse al patrimonio público como una reserva de suelo disponible para resolver necesidades particulares’.
Castiglioni no se queda en lo técnico. Va a lo filosófico. Cuestiona el modelo de ciudad que propone Matzkin. Dice que Zárate necesita inversión, empleo, construcción, pero que ‘el desarrollo no puede medirse únicamente por cuánto se construye o cuánto aumenta el valor de determinados terrenos’. Y remata con una frase que resuena como un campanazo: ‘No se trata de hacer que algunos ganen más con lo que construimos entre todos. Se trata de construir una ciudad donde las oportunidades y los beneficios del desarrollo sean de todos’.
Su dictamen también toca un nervio sensible: la experiencia de Los Pomelos, presentada como política innovadora de relocalización pero que, según Castiglioni, no puede repetirse si no se resuelven ‘integralmente las condiciones de vida de las familias’. Y menciona ‘El Golfito’ como ejemplo de que frente a la irregularidad habitacional el Estado debe ‘regularizar, urbanizar y garantizar derechos’, no empezar con una topadora.
La diferencia entre los dos dictámenes es abismal. Borrelli y Budano hablan de compatibilizar, de avanzar sobre lo posible, de no dejar que ‘las cuestiones pendientes impidan avanzar sobre aquellas respecto de las cuales existen alternativas concretas’. Castiglioni habla de fondo, de rechazar una concepción de Municipio donde el Estado sea ‘un facilitador de oportunidades para unos pocos’. Uno busca la mesa de negociación. El otro, la trinchera.
🏛️ Matilla y Morán vs. Propato: el peronismo que se mira en el espejo
Y acá es donde la cosa deja de ser un problema de técnica legislativa y se convierte en algo mucho más visceral: una disputa por el liderazgo del peronismo local.
Por un lado está Leandro Matilla, presidente del Concejo Deliberante, junto al Frente Renovador que lidera localmente Micaela Morán. Matilla es, en la práctica, quien maneja los tiempos del recinto. Y en la sesión del 3 de septiembre demostró algo que ya se sospechaba: su aritmética parlamentaria es tan flexible como sus alianzas. Según relatamos en esta nota, Matilla consideró que un dictamen con dos firmas podía ser ‘mayoritario’ en una comisión de seis miembros donde la mayoría requiere cuatro. Curiosa interpretación, la verdad. Pero reveladora: para Matilla, la mayoría no se mide en votos, se mide en conveniencias.
Matilla y Morán representan una línea más proclive al acuerdismo. No es que defiendan el proyecto de Matzkin a rajatabla, de hecho, la propia bancada de Fuerza Patria no firmó el dictamen oficialista de Gallea y Berot, pero tampoco cierran la puerta a la posible negociación. Su postura, en el fondo, es la del peronismo que cree que rechazar de plano un proyecto del Ejecutivo es quemar puentes que después pueden hacer falta.
Del otro lado está Agustina Propato, diputada nacional, con una línea mucho más dura. Propato ya había sido clara meses atrás: el único objetivo de la gestión Matzkin es ‘sacar el expediente 205 para privatizar, antes de irse, la Costanera’. Sin eufemismos, sin medias tintas. Como contábamos en esta nota, Propato no ve en el proyecto una oportunidad de negociación: ve una operación para entregar la ribera.
Y eso es exactamente lo que refleja el dictamen de Castiglioni: una postura propatista. Un rechazo frontal al proceder del gobierno de Matzkin, una negativa a sentarse a dialogar sobre algo que se considera intrínsecamente pernicioso, una apuesta por erigirse como alternativa de poder concreta en lugar de compañera de ruta ocasional.
La verdad es que estos dos caminos no pueden coexistir eternamente. Un peronismo no puede ser, al mismo tiempo, acuerdista y rupturista, negociador y contestatario, de mesa y de trinchera. Y la sesión del próximo jueves va a obligar a Fuerza Patria a elegir. Porque los dos dictámenes, el de Borrelli-Budano y el de Castiglioni, están sobre la mesa. No pueden retirarse ni modificarse. Y si ambos son rechazados, el proyecto completo cae.
🗳️ A menos de un año de las PASO, el rumbo se define en una sesión
Acá viene lo que le da vértigo a la dirigencia. Estamos a menos de un año de las PASO. Y en Zárate, como en todo distrito, las PASO no son una formalidad: son una sentencia. Definen quién manda, quién acompaña, quién queda afuera, quién se come el garrón de la interna.
Si el jueves prima la versión negociadora, si Fuerza Patria apoya o deja pasar el dictamen de Borrelli y Budano, o si logra que el Ejecutivo acepte alguna versión modificada, Matilla y Morán se fortalecen. Demuestran que pueden dialogar, que pueden ‘hacer política’, que el peronismo local no es una fuerza de choque sino una alternativa de gestión. Pero pagan un precio: quedan atados al destino del proyecto, con todos sus riesgos y contradicciones. Si después sale mal, si la Costanera se termina entregando, si los desarrolladores se quedan con la plusvalía, la mancha va a salpicar a todos los que abrieron la puerta.
Si, en cambio, prima la postura radical, si Castiglioni logra imponer su rechazo, o si al menos su dictamen se convierte en la posición oficial del bloque, Propato se consolida como la voz fuerte del peronismo local. Demuestra que se puede ser oposición sin ser funcional al Ejecutivo, que se puede decir ‘no’ sin miedo a quedar afuera del reparto. Pero también paga un precio: se entrecierra la puerta a cualquier negociación con Matzkin, y si el intendente logra armar una mayoría alternativa, con los votos de La Libertad Avanza, que ya demostraron ser impredecibles, o con alguna fisura en el propio peronismo, Propato queda aislada, gritando desde afuera mientras otros negocian adentro.
No es una elección fácil. Y por eso, la semana pasada, Borrelli pidió tiempo. No porque no supiera qué pensar, sino porque sabía exactamente lo que se jugaba. Un cuarto intermedio no es solo una pausa parlamentaria: es una semana para llamar por teléfono, para reunirse en cocinas, para ver quién cede, quién se queda, quién traiciona.
🔮 ¿Qué puede pasar el jueves?
Las opciones, en el papel, son tres.
Primera: se aprueba el dictamen de Borrelli y Budano. En ese caso, el proyecto 205/26 se divide en cuatro, se abre una negociación con el Ejecutivo, y cada uno de esos proyectos tendrá que tramitarse por separado. Algunos podrían avanzar, el de relocalización de familias, por ejemplo, tiene consenso general, y otros podrían quedar trabados en discusiones técnicas. El riesgo es que, al dividirse, se diluya el control: el Ejecutivo podría aprobar por decreto lo que no logra por ordenanza, o podría presentar proyectos parciales más ‘light’ que terminen pasando sin el escrutinio que merecen.
Segunda: se aprueba el dictamen de Castiglioni. El proyecto cae. Matzkin queda con las manos vacías, al menos por ahora. Pero ojo: nada impide que el Ejecutivo presente un nuevo proyecto el próximo año, con otro número de expediente, otra redacción, otra estrategia. Y si el peronismo se parte, Matzkin podría buscar alianzas para armar una mayoría alternativa. No es imposible. En Zárate, la imposibilidad es un concepto que se redefine en cada elección.
Tercera: ninguno de los dos dictámenes alcanza los votos. Empate, caos, otra semana de incertidumbre. Y en ese escenario, el ganador es el tiempo, que siempre favorece al que tiene la cancha. Matzkin podría usar la demora para presionar, para victimizarse en redes, para decir que ‘la oposición no deja gobernar’. Ya lo hizo después de la sesión del 3 de septiembre, como contábamos en esta nota. Y funciona, al menos con parte de la opinión pública.
🌊 El río sigue ahí, mirando todo
Lo que se juega el jueves no es solo el destino de un expediente. Es algo más grande, más difuso, más difícil de explicar en un titular: se juega qué tipo de peronismo quieren ser en Zárate. ¿El que negocia con el poder de turno para sacar alguna migaja? ¿O el que se planta, dice ‘hasta acá’, y arriesga quedar afuera del reparto?
La Costanera, con su silencio de agua mansa, no se mete en estas discusiones. El río ya vio pasar a otros intendentes, otros concejales, otras internas. Sabe que los proyectos cambian, los números de expediente se renuevan, pero la lógica del negocio suele ser la misma. Lo que no sabe es si esta vez, en esta sesión, alguien va a decir basta con la firmeza que hace falta.
Porque al final, como decía Castiglioni en su dictamen, ‘la incertidumbre no puede ser una política de Estado’. Y la verdad es que, en Zárate, la incertidumbre lleva demasiado tiempo siendo la única política que no necesita aprobación del Concejo.
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RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
