Del discurso solemne al desfile de privilegios con combustible municipal
El día que casi nos emocionamos
Fue un domingo. De esos con calor pegajoso y promesas en el aire. 10 de diciembre de 2023.
Estábamos ahí, invitados como tantos otros, con cierta esperanza. El acto de asunción de Marcelo Matzkin tenía algo de ceremonia republicana y algo de show electoral.
Y de pronto, una frase se destacó entre los discursos de ocasión. Una de esas que hacen ruido, que sacuden la modorra del protocolo:
‘Todos los funcionarios tenemos autos propios para manejarnos, no tenemos por qué usar recursos del Estado.’
No era una pavada. Veníamos de años de autos oficiales paseando por la Costanera, llevando a los chicos al colegio, o apareciendo mágicamente en la puerta del supermercado.
Así que aplaudimos con ganas. Porque esa frase sonaba a ruptura, a fin de ciclo, a ‘por fin alguien pone orden en el municipio’.
La promesa duró menos que un semáforo en verde
Pasó poco. Muy poco. Al principio fue un rumor: ‘Che, ¿no es el auto municipal ese que maneja Matzkin?’ Después, una foto. Una publicación. Y luego la confirmación oficial, aunque sin partes de prensa: El mismo que dijo que no usaría vehículos del Estado… estaba usando un auto de la Municipalidad.
Y no para una emergencia o un operativo, eh. Para su vida diaria. Para su comodidad. Para lo que se le cantara.
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Una flota sin rumbo (salvo el de casa al trabajo)
No fue un error. No fue una excepción. Fue un patrón.
Como si el discurso hubiera sido escrito por un guionista de comedia negra, varios funcionarios comenzaron a usar autos oficiales con una soltura envidiable. Algunos para tareas personales, otros para hacer política, y otros -por qué no- para simplemente evitar gastar plata en su propia nafta.
Y así, de a poco, el parque automotor municipal se fue transformando en un servicio de chofer VIP.
No hay registros públicos que detallen cuántos vehículos hay en la municipalidad, quién los usa, con qué criterio, cuánta nafta cargan.
Lo único que sabemos es que nosotros pagamos todo. Como siempre.
El caso Iglesias: Maxwell Smart con patente oficial
Pero si hay un caso que merece párrafo aparte, es el de Juan Manuel Iglesias, el Secretario de Protección Ciudadana.
Durante meses se lo vio a bordo de una Toyota Hilux 0 km, adquirida con fondos públicos, como corresponde a un funcionario de alto rango que contradiga lo manifestado por el intendente.
Ahora, ¿qué no corresponde?
Usarla para hacer espionaje ilegal.
Sí, como suena. En Zárate hay funcionarios que espían gente con vehículos municipales. Parece chiste, pero es cierto. Aunque no da gracia. Da miedo. Y rabia.
Y de golpe, un día cualquiera, Iglesias dejó de usar la camioneta. Así, sin explicación. Sin partes de prensa. Sin ‘comunicado oficial’.
Y ahí es cuando uno se pregunta:
-¿Recapacitó, motivado por el viejo discurso de su jefe?
-¿Le habrán dicho ‘guardá el vehículo un tiempito, que están muy atentos’?
-¿O, directamente, se la robaron tal como hicieron trascender, off the record, funcionarios locales?
Concejo Deliberante: calladito, está más bonito
Frente a todo esto, ¿qué hizo el Concejo Deliberante? Spoiler: Nada.
Ni pedidos de informes, ni denuncias, ni interpelaciones. Solo silencio. Cómplice, calculado, vergonzoso.
Y no es que no lo sabían. Claro que sabían. Lo sabía el bloque oficialista (que a esta altura parece más una escribanía que una representación democrática) y lo sabía la oposición, más preocupada por no quedar mal que por quedar del lado correcto.
En definitiva, el show de los autos oficiales no sería posible sin la pasividad del Legislativo, que mira para otro lado como quien ve llover desde la ventana, mientras los vecinos hacen malabares para pagar la tasa municipal.
Y lo más irritante no es solo el privilegio en sí, porque a esta altura, no es desprolijidad. Es cinismo. Es doble vara. Es descaro.
Una farsa más, como tantas otras
El caso de los autos oficiales es un capítulo más en la saga del ‘digo una cosa, hago otra’, marca registrada del gobierno de Matzkin.
Lo mismo pasó con la Rendición de Cuentas, los subsidios sin trazabilidad, las bonificaciones a dedo, el ajuste encubierto, y las licitaciones que huelen más a acomodo que a transparencia.
Todo eso, además, con la misma música de fondo: discursos grandilocuentes, redes sociales repletas de frases lindas, y un equipo de comunicación que trabaja a destajo horas extra para maquillar la realidad con hashtags optimistas.
Final (por ahora): no es un auto, es una idea
La historia del ‘auto propio’ se cae a pedazos. Pero no solo como anécdota. Se cae como símbolo.
Porque el auto que Matzkin dijo que no usaría -pero usa- representa todo lo que este gobierno prometió no ser… y terminó siendo.
Ese auto, que debería estar cumpliendo funciones para todos, es hoy metáfora rodante de una gestión que dice ‘república’ pero actúa como pyme familiar.
Y lo peor: no parece que vayan a frenar. Porque para eso haría falta vergüenza, convicción o al menos, un poco de respeto por la palabra empeñada.
Y de eso… estamos con las ruedas pinchadas.
O sin camioneta, porque parece que Saavedra ya no está tan seguro, parece que con Macri CABA ya no está tan seguro…
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
