Una vez más el Boletín Oficial de Zárate parece escrito por un guionista de serie de suspenso que se quedó sin ideas y empezó a mezclar géneros. Drama político + thriller nuclear + comedia de errores jurídicos, todo en un solo decreto. El 12 de agosto de 2026 Walter Unrein, quien, recordemos, ocupa la Intendencia de manera interina habiendo pedido licencia como Secretario de Producción y no como concejal, algo que la Ley Orgánica de Municipalidades no contempla, firmó el Decreto Nº 283/26. El tema: otorgar ‘la Declaración de Impacto Ambiental, en el marco de la Ley N° 11.723, a la empresa ASTILLERO RIO PARANA SUR S.A., para el proyecto de “Construcción y Operación de una pista de aterrizaje privada”’ en ‘la ciudad de Lima’ (sic), a tiro de piedra de la Central Nuclear Atucha.
La verdad es que uno no sabe si aplaudir la creatividad o llamar a un geógrafo, un abogado y un radiólogo, en ese orden.
🎭 Primer acto: ¿La Municipalidad puede hacer esto?
El decreto se ampara en la Ley N° 11.723 de la Provincia de Buenos Aires, esa norma de evaluación de impacto ambiental que, en su Anexo II, reparte competencias como quien reparte cartas en una mesa de póker. Y acá viene el primer problema de tamaño considerable.
Según el Anexo II, Punto 1, inciso 9 de la Ley 11.723, son competencia de la autoridad ambiental provincial, y no municipal, los proyectos de ‘construcción de rutas, autopistas, líneas férreas, aeropuertos y puertos’. Una pista de aterrizaje de 750 por 30 metros, destinada a operaciones aéreas regulares de traslado de personal, huele más a infraestructura aeroportuaria que a una remodelación de vereda. El propio decreto, en uno de sus considerandos más honestos, admite que la habilitación aeronáutica es competencia exclusiva de la ANAC (Administración Nacional de Aviación Civil). Entonces, ¿qué hace el municipio dando una DIA para algo que ni siquiera puede autorizar en su dimensión aeronáutica?
La respuesta, claro, está en el arte de la declaración de impacto ambiental exclusivamente ambiental, esa maravilla burocrática que permite decir ‘yo solo me fijo en el ruido y el pasto, si el avión se cae o si la pista está mal ubicada, es problema de otro’. El decreto lo dice explícitamente: ‘el presente acto administrativo reviste carácter exclusivamente ambiental’ y ‘no implicando, en consecuencia, autorización, habilitación, permiso, licencia ni conformidad alguna respecto de aspectos ajenos a la materia ambiental’. Traducción: firmo, pero no me hago cargo.
Ahora, si la obra es un aeropuerto, o algo que funciona como tal para uso privado corporativo, la Ley 11.723 parece reservarle la evaluación a la provincia. Si en cambio es un simple ‘Lugar Apto Denunciado’ (LAD), ese registro menor que la ANAC permite para operaciones esporádicas bajo responsabilidad del piloto, entonces la DIA municipal queda como un parche decorativo sobre un trámite que la ANAC ya controla. En cualquiera de los dos escenarios, la intervención municipal parece, cuanto menos, superflua.
El Decreto lo firman Walter Unrein y ‘el señor Secretar de Gobierno, Lic. EDUARDO MARCELO TORRES.-‘ (sic)… ¿quién hizo, técnicamente, la Declaración de Impacto Ambiental? ¿Quién se responsabiliza con firma y matrícula profesional? El Decreto no lo dice.
☢️ Segundo acto: Atucha, el vecino incómodo
El Astillero Río Paraná Sur está cerca de Lima, a orillas del río. Según datos cartográficos, el Complejo Nuclear Atucha se encuentra a 3,5 km al oeste del astillero. Sí, leyó bien: tres kilómetros y medio.
El decreto, en su diagnóstico ambiental, menciona con una naturalidad que da escalofríos que el ecosistema local presenta ‘un alto grado de modificación antrópica histórica debido a la presencia de la Central Nuclear Atucha, tendidos eléctricos e intensa actividad de pesca’. Es decir: ya está todo hecho mierda, así que unos aterrizajes más no cambian nada. Lógica impecable, si uno es fanático del ‘ya fue, total’.
Pero acá hay una pregunta que el expediente 4121-6136/2025, que los campeones de la transparencia no publican, debería haber respondido con lujo de detalle: ¿se evaluaron las consecuencias ambientales y de seguridad de operar una pista de aterrizaje a menos de cuatro kilómetros de dos centrales nucleares que generan, entre ambas, más de 1.100 megavatios? ¿Qué pasa si una aeronave tiene un incidente? ¿Si hay una emergencia en la central y necesitan espacio aéreo despejado? ¿Si el ruido o las vibraciones afectan algún sistema de monitoreo? No lo sabemos. Y la verdad es que, sin acceso al expediente, tampoco podemos afirmar que no se haya evaluado. Pero el silencio administrativo, en estos casos, suele ser elocuente.
Está claro que no es competencia municipal la habilitación de una pista de aterrizaje en proximidades de un complejo nuclear, pero ¿no pensaron en las consecuencias ambientales de otorgar una Declaración de Impacto Ambiental, de dudosa legalidad, para la instalación de una pista de aterrizaje en proximidades de un complejo nuclear?
Además, el decreto menciona que el acuífero Pampeano freático está a entre 1,5 y 3 metros de profundidad en la zona. La pista requerirá impermeabilización de obradores y barreras de contención para evitar derrames de hidrocarburos. En una zona de bajos inundables del Paraná, donde los humedales cumplen funciones críticas de amortiguación de inundaciones, recarga de acuíferos y refugio de biodiversidad, instalar una pista de aterrizaje con su correspondiente movimiento de suelo, compactación y drenaje es, cuanto menos, una apuesta arriesgada. El decreto habla de ‘cortina forestal nativa existente y proyectada’ para mitigar el ruido. Una cortina de árboles contra el ruido de motores de avión. Qué tierno.
Y por si fuera poco la pista se ubicaría a escasos metros del Balcón al Río limeño. Gran plan tomar unos mates entre el yuyal viendo pasar los Cessna.
✈️ Tercer acto: ¿Y si en vez de privatizar, actualizamos lo que ya tenemos?
Acá viene la parte que realmente duele. Zárate ya tiene una pista de aterrizaje. De hecho, tiene un aeródromo provincial con dos pistas (1/19 y 9/27), código AR-0383, donde operan el Club de Planeadores Cóndor, radicado allí desde 1974, el Centro de Vuelo Zárate y el Club de Planeadores Zárate. El aeródromo tiene una pista de aproximadamente 1.000 metros de largo por 70 de ancho, lo que lo hace considerablemente más apto que los 750×30 metros que propone el astillero. Un Cessna 172 aterriza sobrado en 400 metros; en una pista de 1.000 metros hasta un instructor nervioso puede hacerlo sin transpirar.
Entonces, la pregunta es obvia: ¿por qué no se articula una alianza público-privada, esa fórmula que tanto les gusta a las autoridades locales, para actualizar y poner en valor el aeródromo existente? El Astillero Río Paraná Sur podría perfectamente financiar la renovación de la pista del aeródromo provincial a cambio de uso preferencial. Tendríamos infraestructura aeronáutica consolidada, seguridad operativa real, control de la ANAC y un beneficio para toda la comunidad aeronáutica local. Tendríamos una pista pavimentada, un salto de calidad impresionante.
Pero no. En Zárate parece preferible crear una pista paralela y privada, a tres kilómetros de una central nuclear, en una zona de humedales, con una DIA municipal de dudosa competencia, firmada por un intendente interino cuya designación ya fue cuestionada en esta misma web por no ajustarse a la Ley Orgánica de Municipalidades. Es como si el manual de gobierno local fuera una colección de Elige tu propia aventura, donde siempre se elige el camino más complicado, el más opaco y el que menos beneficia al vecino común.
Conclusión: ¿oportunidad o capricho?
No estamos en contra del desarrollo productivo, pero construir una pista privada de 750 metros a 3,5 km de Atucha, mientras a menos de 15 kilómetros hay un aeródromo provincial subutilizado, parece una burla o hay algo más detrás.
Si de verdad se quisiera articular lo público y lo privado, esa consigna que tanto repiten en campaña, la mesa debería sumar a todos los involucrados y pensar la mejor solución conjunta. De esa charla podría salir un aeródromo actualizado, seguro, compartido y beneficioso para todos. Pero claro, eso requiere diálogo, transparencia y ganas de que las cosas funcionen para la comunidad. Y en Zárate, últimamente, eso parece que es pedir demasiado.
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RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
