Cómo el hombre que no entendía nada de cripto en 2015 terminó acumulando medio millón de dólares en Bitcoin en 2013, y por qué Javier Milei sigue abrazando esa historia aunque se le caiga el techo encima.
Arranquemos por el principio, que en este caso tiene algo de broma mala. Manuel Adorni, el hombre que durante meses se paró frente a las cámaras a hablar de transparencia, de gestión limpia, de una Argentina que por fin iba a tener funcionarios distintos, acaba de admitir en televisión que tenía medio millón de dólares sin declarar, que los ganó invirtiendo en Bitcoin a partir de 2013, y que no los había anotado en ninguna declaración jurada porque, según su propia y generosa explicación, no confiaba en ‘la vieja política’. La vieja política. Él. El vocero presidencial. El Jefe de Gabinete. El candidato estrella de Karina Milei para la Ciudad de Buenos Aires. Ese.
Y ahí nomás apareció el video. Bueno, aparecieron dos. En uno, grabado durante la pandemia para una billetera cripto llamada Lemon, Adorni contaba con toda la naturalidad del mundo que cuando daba clases en 2015, sus alumnos compraban Bitcoin en clase y él no entendía nada de lo que hacían. En otro, filmado en 2022, directamente desaconsejaba invertir en criptomonedas y reconocía que ni siquiera dominaba cómo funcionaban. Pero claro, según su declaración jurada recién presentada, para ese entonces ya llevaba nueve años acumulando una fortuna en esa misma inversión que no conocía. La matemática no cierra. La cronología no cierra. Y la cara de póker de Adorni en LN+, tampoco cierra.
‘Yo empecé a incursionar en Bitcoin en el 2013 y empiezo a invertir fuerte en el 2014.’— Manuel Adorni, LN+, junio de 2026. El mismo que en 2021 no entendía nada de lo que hacían sus alumnos con el Bitcoin.
🎰 Un Carlos Fabra criollo con pendrive mágico
El diputado Martín Lousteau, que antes del escándalo venía trabajando en el análisis de la Ley de Inocencia Fiscal, esa misma norma que Adorni usó para adherirse al régimen simplificado de Ganancias justo cuando la Justicia empezaba a mirarlo, fue bastante claro al respecto. Sin pelos en la lengua y con la precisión del economista que lee balances antes del desayuno, Lousteau planteó la hipótesis que ya circulaba en voz baja en todos los pasillos: que Adorni salió a buscar a alguien con una billetera virtual, con historial de haber ganado esa plata, y le pidió el código de acceso. ‘Adorni es el único que hizo tanta operación cripto y no lo ordenó’, lanzó Lousteau, y la frase quedó flotando en el aire.
La imagen que viene a la mente, y que la planteó Lousteau, es inevitable y no es argentina: es española, y tiene nombre propio. Se llama Carlos Fabra, expresidente de la Diputación de Castellón, que entre 1995 y 2005 ganó nueve premios de la Lotería de Navidad. Nueve. En diez años. En un sorteo donde la probabilidad estadística de ganar una vez es de una entre dieciséis millones y medio. Fabra fue condenado en 2013 a cuatro años de prisión por defraudar al fisco más de 700.000 euros. La suerte, al final, también tiene un límite.
El paralelismo es demasiado tentador para ignorarlo: en España, el vehículo era la lotería. En Argentina, la criptomoneda. En ambos casos, un funcionario público con ingresos conocidos y modestos que de pronto exhibe una fortuna que no encaja con ninguna lógica razonable, y que busca cubrirla con un mecanismo difícil de auditar. La diferencia es que Fabra al menos no había dado entrevistas años antes, diciendo que no entendía nada de loterías.
🏛️ ‘La moral como política de Estado’: el chiste que ya no tiene gracia
A principios de este año, Javier Milei pronunció una de esas frases que quedan. ‘Es hora de volver a abrazar la moral como política de Estado’, dijo con la convicción de quien cree que las palabras conjuran la realidad. La frase era bonita. Era potente. Y era, como se fue viendo en estos meses, un bumerán de proporciones épicas.
Porque la moral como política de Estado convive sin problema con un Jefe de Gabinete investigado por presunto enriquecimiento ilícito. Convive con viajes de la esposa del mismo en el avión presidencial. Convive con dos causas judiciales abiertas simultáneamente. Convive con una declaración jurada que desmiente, públicamente, todo lo que ese mismo funcionario había dicho ante el Congreso. Adorni le aseguró a los legisladores en su informe de gestión que ‘nunca existió ocultación alguna’. Semanas después presentó una declaración jurada que suma más de medio millón de dólares que, misteriosamente, no estaban antes. Eso no es una inconsistencia contable. Eso es, para usar el vocabulario preciso, una mentira. Documentada. Pública. Y certificada por el propio interesado.
El diputado Maximiliano Ferraro y hasta la propia Patricia Bullrich salieron a decir lo que parece obvio: que esto no es un error, que ‘nuestro gobierno tiene la moral como política de Estado’ y que lo que hizo Adorni es una omisión ética. Bullrich lo dijo en tono de advertencia, como quien no quiere terminar salpicada. El problema es que el Presidente la ignoró. Milei reposteó mensajes de defensa de Adorni, se reunió con él, y anunció que juntos le tomarían examen al resto del gabinete. El examen, claro, lo toma el que acaba de admitir que tuvo plata negra durante trece años.
🔗 Adorni es Milei: la campaña que resultó ser un documental
Durante la campaña electoral legislativa en la Ciudad de Buenos Aires, La Libertad Avanza acuñó una frase sencilla y efectiva: ’Adorni es Milei’. La idea era vincular al candidato estrella con las políticas nacionales. Nadie imaginaba que la frase iba a adquirir una dimensión mucho más oscura y literal.
Porque Adorni tras haber ganado esa elección fue nombrado, y aún sigue en el cargo, Jefe de Gabinete no a pesar de todo esto, sino con el conocimiento y el respaldo activo de Milei. Y eso no es un detalle menor. Eso es la política de Estado funcionando. Lo que vemos no es un presidente sorprendido por un subordinado que le falló: es un presidente que tiene toda la información disponible, que conoce las contradicciones, que escuchó los videos, que leyó las declaraciones juradas, y que decidió bancar. Esa decisión es también un método. Y ese método tiene un nombre.
La cobertura es parte del delito, por decirlo en términos simples. Un sistema corrupto no se sostiene solo con el que roba: necesita al que mira para otro lado. Al que repostea en defensa del acusado. Al que convierte la lealtad personal en escudo institucional. En la Argentina de la ‘nueva política’, el encubrimiento no viaja en bolsos por los pasillos de una quinta: viaja en retweets y en conferencias de prensa que arrancan tarde y terminan temprano.
📊 Los números que duelen: la base electoral que se derrite
La consultora Zuban Córdoba lo midió con precisión quirúrgica. El informe que bautizaron ‘AdorniGate’ tiene un dato que debería quitarle el sueño al entorno presidencial: el 33,9% de quienes votaron a Milei en el ballotage de 2023 declara haber reducido o retirado su apoyo al Presidente. No son opositores históricos ni kirchneristas recalcitrantes: son personas que apostaron por él hace dos años y hoy dicen sentirse defraudadas. El 46,4% de los votantes de La Libertad Avanza afirma que el caso Adorni empeoró la imagen que tenían del gobierno.
La desaprobación de la gestión alcanzó el 64,5% en mayo. El 71,2% cree que hace falta un cambio de gobierno. ‘Adorni representa un problema para Milei’, dijo sin eufemismos el analista Gustavo Córdoba, y agregó que el caso toca ‘una fibra especialmente sensible’ para La Libertad Avanza: la promesa de acabar con la corrupción. La lucha contra la casta. El discurso fundacional. El motivo por el que millones de personas acompañaron esa boleta en noviembre de 2023.
Y sin embargo, ahí sigue Adorni. En su despacho. Con sus declaraciones contradictorias. Con su pendrive que apareció después de meses de negar que existiera algo que declarar. Con su Bitcoin que no conocía pero que le dio medio millón. Con el Presidente al lado, cada vez más solo en esa trinchera que él mismo eligió.
🪞 El teorema que no falla
En estas páginas hemos hablado más de una vez de lo que podríamos llamar el Teorema de Arnulfi: cómo la cercanía con el poder morigera, y hasta modifica, los planteos rectores del proceder personal de quienes llegan al status quo. Los que antes denunciaban la casta terminan siendo parte de ella, casi inevitablemente, porque el poder tiene una gravedad propia que deforma todo lo que orbita cerca.
Adorni no era un político cuando llegó. Era un periodista, economista, que salía en televisión. Un tipo con buen perfil para las redes, con una dicción limpia y cierta capacidad para simplificar mensajes. Y en ese laboratorio de La Libertad Avanza donde se construye la imagen presidencial minuto a minuto, Adorni fue el producto más acabado: la cara visible de una gestión que prometía diferencia.
La diferencia existe. Pero no en el sentido que prometían.
🎭 Conclusión: la moral de Estado tiene dirección postal
La frase de Milei sobre la moral como política de Estado no era una aspiración. Era una declaración. Una promesa de campaña extendida al ejercicio del gobierno. Y las promesas, en política, tienen consecuencias cuando se incumplen.
La verdad es que la Argentina ya vio esto antes, con otros colores partidarios y otras caretas. Lo que resulta genuinamente nuevo, y genuinamente indignante, es la sofisticación del relato para cubrir lo que, en el fondo, es lo mismo de siempre: un funcionario con ingresos declarados que vive muy por encima de sus posibilidades, que busca un paraguas narrativo para cubrirse, y un jefe político que lo sostiene porque la lealtad vale más que la coherencia.
Adorni es Milei. No porque lo hayan dicho en una campaña. Sino porque el Presidente eligió que así sea, con plena conciencia y costo propio. Cuando decidió defender lo indefendible, cuando reposteó los mensajes de apoyo, cuando se reunió con él y lo mantuvo en el cargo, Milei no estaba siendo leal: estaba siendo cómplice. Y eso, en la gramática de la moral como política de Estado, tiene un nombre que empieza con C y no es ‘criptomoneda’.
Al final del día, el problema no es Adorni. Adorni es el síntoma. El problema es un Presidente que tiene la moral en los discursos y la práctica en otra parte. Y una sociedad que empieza a darse cuenta, lentamente y con dolor, de que esta vez tampoco fue diferente. Que el circo tiene los mismos acróbatas de siempre. Que solo cambiaron las pelucas.
Y mientras tanto, el Bitcoin sigue cotizando. La billetera virtual, convenientemente, no deja registros. Y el Jefe de Gabinete que no conocía nada de cripto en 2015 ya prepara su explicación para el Senado, al que nunca fue desde que asumió. Ojalá que esta vez tampoco le crean.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
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