El COVID-19, con sus particularidades, puso en evidencia cuanto más importantes son: las cosas con valor que las cosas con precio, el rol del Estado es fundamental para poder generar igualdad de oportunidades, y que las mismas oportunidades solo son reales cuando se trata de cuestiones que cambian la vida y no cosas que cambian en un día. El COVID-19 dejó en evidencia lo importante que son los liderazgos que convencen y conducen a la sociedad pensando en las nuevas generaciones y no aquellos pseudo dirigentes que solo piensan en las próximas elecciones… aunque después no se presenten en ellas.
Por eso es tan importante lo que el gobierno nacional resumió en un slogan, en un hashtag, el Estado cerca, porque cerca significa acompañamiento, significa protección, significa saber que uno no está solo en medio de la tormenta. Para ello hay que desterrar la lógica del miedo, porque muy a pesar del discurso oficial, la gente no solo se contagia por irresponsabilidad, que la hay por ejemplo en las fiestas ‘clandestinas’ que todos saben que se hacen y poco se preocupan en impedirlas, a veces el contagio se da por otras cuestiones en las que no siempre puede intervenir el contagiado.
Y ante las enormes incertidumbres que acarrea el estar contagiado de COVID, el acompañamiento del Estado es fundamental, tanto por quien está padeciendo la enfermedad como por quienes tienen cercanía con el contagiado que necesitan sentir que las autoridades se encargan de hacer lo necesario para evitar que la situación se propague. Eso es lo que la ciudadanía necesita, eso es lo que el Estado debiera hacer, eso es lo que el Municipio de Zárate no hace.
Un ejemplo de ello es el caso de la cajera de supermercado que estuvo contagiada de COVID-19 y sin embargo ni el Municipio informó del caso ni el supermercado cerró sus puertas, como sí ocurrió en otros casos similares. Y cuando inspectores municipales, ante una denuncia, se acercaron a averiguar se encontraron con que efectivamente la cajera había estado contagiada… pero ya llevaba dos días de alta y se había reintegrado a sus labores. Como es de suponer, no hubo protocolo alguno que se haya aplicado allí.
Tampoco lo hubo en el caso de la enfermera que falleció sin tener COVID-19, y así fue velada, pero días después apareció en la base municipal, y en el SISA, como fallecida por COVID-19. Igual que el caso de la vecina que pasó por una situación similar y su familia debió aguardar más de un mes para poder inhumarla. O el caso de Ramón Díaz, del que ya hablamos, que no tuvo ningún tipo de seguimiento durante su aislamiento por caso positivo de COVID-19 y debió escribir a la Secretaría de Salud para saber qué hacer y entonces le dieron el alta por haber estado las últimas 72 hs sin síntomas, sin haberle hecho un análisis pormenorizado del caso ni estudios clínicos que comprobaran que ya no estaba enfermo.
Como se ve el Estado ha hecho alardes de no hacer lo que se debe hacer, aunque cierto es decirlo, todo matizado con grandes campañas de comunicación en la que se asustaba a los vecinos y que terminaron en que quien tomó la determinación de asustar y pedir responsabilidad terminó contagiado de COVID-19, quizás asustado por irresponsable. Una versión moderna de aquel hobessiano hombre lobo del hombre.
Pero quizás la historia más triste es la historia de Miguel.
Miguel vivía en Zárate y tenía 70 años.
Tiempo atrás debió ser hospitalizado porque tenía dificultades para respirar, y dadas las patologías previas, iba a estar mejor cuidado dentro de un centro de salud que en su casa. Lo internaron en la Clínica Santa Clara, donde según cuentan sus familiares, quienes lo atendieron le dijeron oralmente a su esposa, que Miguel había contraído COVID-19, aunque nunca le entregaron un certificado ni documento alguno que lo probara.
La situación clínica de Miguel no mejoraba y decidieron trasladarlo a Mercedes, a la Clínica Azul, donde dispusieron operarlo por sus dolencias cardíacas. Lamentablemente complicaciones posteriores a la intervención provocaron la muerte de Miguel el 12 de septiembre pasado. Según su certificado de defunción Miguel falleció, como todos falleceremos, por un paro cardiorrespiratorio, sin referencia alguna al COVID-19.
Como era de suponer esto generó un enorme pesar para sus familiares, puesto que el médico que lo había operado se había comunicado con ellos y les había dicho que la operación había sido realizada con éxito y en consecuencia el golpe fue mayor.
A pedido de Miguel, su familia cremó su cuerpo y poco a poco comenzó a asimilar la nueva realidad.
Poco a poco comenzaban a salir cuando el Estado, por primera vez desde su internación, dijo presente.
El Estado estuvo cerca de Miguel… de la peor manera.
Porque según nos cuentan ‘el día miércoles, vino un muchacho a mi casa para hacerle el control de COVID a mi marido, que lo mandaba la municipalidad, con los informes de la Clínica Santa Clara’, informes que como dijeron nunca brindaron a la familia de manera oficial y por escrito… y sucedió un día antes que se cumplieran dos meses del fallecimiento de Miguel.
El Municipio, mal y tarde, pretendía decir presente. Como en el caso del supermercado, pero peor.
Lamentablemente el caso de Miguel no es el único en Zárate, la pregunta es ¿Cuántos Miguel hay en Zárate?
El Municipio se dedica a hacer prolijos videos editados diciendo medias verdades para confundir a los vecinos y bonitos diseños gráficos para recordar efemérides.
El Municipio sale de apuradas a hacer que hace, cuando denunciamos que no hace lo que debe hacer (si ‘pa qué’, hablo de vos).
El Municipio pretende establecer protocolos que ni el propio Municipio cumple. Quizás para alinearse con el Presidente de la Nación.
El Municipio no hace lo que debe hacer.
¿Hasta cuándo?
