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    El Estado ausente y el Indio presente: cómo el gobierno de Milei no entendió nada

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    By principedelmanicomio on 7 junio, 2026 Artículos periodísticos

    Que conste: yo no soy ricotero. Nunca fui a una misa. No me sé de memoria sus letras. Lo aclaro porque lo que sigue no viene dado por la devoción, sino de algo bastante más básico: la capacidad de leer la realidad.

    Y la realidad, este viernes 5 de junio, fue contundente.

     

    🎸 Un hombre, una voz, una generación

    Carlos Alberto ‘Indio’ Solari murió a los 77 años en su casa de Parque Leloir. Así, sin aspavientos, como había vivido los últimos años: lejos de las cámaras, peleándola contra el Parkinson, con el bajo perfil que siempre fue su marca registrada en una industria que premia exactamente lo contrario.

    Pero su muerte no fue silenciosa. Fue todo lo contrario.

    En cuestión de horas, las plazas del país se llenaron de gente. Plaza de Mayo, el Obelisco, ciudades del interior. Gente de todas las edades. Adolescentes que lo descubrieron a través de Wos, que en 2024 lo invitó a cantar en Quemarás, y cincuentones y sesentones que lo siguieron desde los primeros recitales, cuando Los Redonditos de Ricota eran una rareza underground, que de a poco se fue convirtiendo en el fenómeno masivo más singular que dio el rock argentino.

    Porque eso fue el Indio, y hay que decirlo aunque uno no haya sido parte de esa tribu: logró que millones de personas corearan las letras más herméticas de la música popular argentina. Letras que no son precisamente de lectura fácil. Letras que hablan de marginalidad, de resistencia, de una Argentina que duele. Y la gente las cantaba. Las gritaba. Las tatuaba. Eso no es un detalle menor: eso es cultura con mayúscula.

    La última aparición pública del Indio había sido en enero, cuando recibió el Honoris Causa de la UBA.

     

    🏛️ El Congreso que no recibió al Indio

    Acá empieza la parte interesante. O la parte vergonzosa, depende desde dónde se mire.

    Cuando se conoció la noticia del fallecimiento, legisladores de Unión por la Patria y el diputado radical Pablo Juliano hicieron lo que parecía lógico: pidieron que el velatorio pudiera realizarse en el Congreso Nacional. La idea no era descabellada. Estamos hablando de uno de los artistas más convocantes de la historia argentina, de alguien cuyo impacto cultural es inobjetable, de una figura que excede con creces cualquier grieta política.

    Martín Menem dijo que no.

    La justificación fue, digamos, ingeniosa: el Palacio Legislativo ‘no reúne las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud’. El argumento llegó envuelto en una carta formal y prolija, con referencias al Ministerio de Seguridad y a consultas con ‘áreas técnicas competentes’.

    Serio. Muy serio.

    ¿Cuáles son las condiciones concretas que no se reúnen? ¿Cuáles habrán sido las consultas técnicas realizadas? ¿Quiénes habrán sido quienes dijeron que no?

    El mismo Congreso que alberga sesiones eternas, actos partidarios, inauguraciones, homenajes varios y toda clase de eventos consideró que no había manera de recibir el féretro de un músico que llenó estadios con cientos de miles de personas. El mismo edificio que tiene una Plaza del Congreso enfrente, bastante espaciosa, por cierto, no encontró cómo garantizar la seguridad de una despedida.

    Curioso. Muy curioso.

    En Casa Rosada, mientras tanto, el silencio fue tan elocuente como el propio comunicado. Javier Milei no se pronunció públicamente sobre el fallecimiento. Ni una palabra. Ni un tuit. Mucho menos la declaración de luto nacional. Nada. El presidente que opina sobre absolutamente todo, sobre economistas del siglo XIX, sobre sus adversarios políticos, sobre el FMI, sobre las estrellas de la física teórica, no encontró nada que decir sobre la muerte de uno de los artistas más importantes de la historia cultural argentina.

    El Secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, sí salió. Con un escueto mensaje en X: ‘Su obra perdurará para siempre en la historia del rock nacional. QEPD’. Doce palabras. El hombre que maneja la política cultural del país le dedicó doce palabras al Indio Solari.

    Luego se sumó un comunicado más largo de la Secretaría, pero el daño ya estaba hecho. O mejor dicho: la posición ya estaba clara.

     

    🔒 La seguridad como excusa, la ideología como razón

    Seamos honestos, que para eso estamos acá. La negativa del gobierno no tuvo que ver con la seguridad, que algo de razón puede albergar. Tuvo que ver con otra cosa.

    El Indio Solari mantuvo siempre una fuerte distancia ideológica con el universo libertario. Lo había dicho en sus apariciones públicas, lo había expresado en sus entrevistas. No era ningún secreto. Y en el gobierno de Milei, que clasifica a sus interlocutores en aliados y enemigos con una precisión casi geométrica, eso pesa.

    Entonces, ¿qué hace el gobierno cuando muere alguien culturalmente gigante pero ideológicamente incómodo? Lo que hizo: calcula. Mide el costo político. Evalúa opciones. Y termina ofreciendo Tecnópolis, porque los ricoteros tampoco iban a dejar de movilizarse solos, y algún operativo de seguridad había que desplegar de todos modos.

    Lo de Tecnópolis fue, además, revelador. La comparación que usó el propio Cifelli para justificar la capacidad del predio fue que ‘se pudo cuando Tini hizo seis shows seguidos’. Ahí está todo. Para este gobierno, el Indio Solari es un problema logístico comparable a un recital de pop. No una figura cultural de dimensión histórica. No un artista que marcó a fuego la identidad de millones de argentinos. Un problema de seguridad. Un tema de gestión.

    Claro que existe el antecedente del velatorio de Maradona, con los incidentes que todos recordamos. Es un dato real, no inventado. Pero ese argumento se cae solo cuando uno nota que la negativa estuvo tomada de antemano, antes de cualquier evaluación seria, y que la primera reacción oficial fue el silencio. No la preocupación. No la disposición. El silencio.

     

    🌊 Lo que el gobierno no entendió (y quizás no quiso entender)

    Acá hay algo que vale la pena detenerse a pensar, más allá de la coyuntura política.

    El Indio Solari no era un dirigente político, aunque hacía política. No era un cuadro partidario, aunque exteriorizaba sus preferencias políticas. Era un artista que eligió, durante décadas, hablarle a los que quedaban afuera. A los que el sistema dejaba en los márgenes. A los pibes de los barrios populares que llenaban los campos ferroviarios para escucharlo bajo la lluvia y sentir que alguien los veía. Eso no tiene partido. Eso es cultura.

    Y la cultura, cuando alcanza esa dimensión, deja de pertenecerle a quien la crea. Le pertenece a la gente que la hizo propia. A los que tatuaron sus letras. A los que pusieron sus canciones en los momentos más difíciles. A los que hoy, este viernes, salieron a la calle a llorar a alguien que nunca conocieron pero que, de alguna manera inexplicable, los acompañó.

    Negar eso no es una posición ideológica. Es una incomprensión profunda de lo que significa gobernar un país con semejante densidad cultural.

    Podés no compartir sus ideas. Podés no haber ido a un recital en tu vida. Podés pensar que el rock nacional no es lo tuyo. Pero si sos el jefe del Estado y no entendés lo que significa para millones de ciudadanos la muerte de una figura así, tenés un problema. No de seguridad. Un problema de comprensión.

     

    📌 Una última cosa

    Esto que pasó en estos días no es un episodio aislado. Es parte de un patrón. Un gobierno que calcula cada gesto, que clasifica a las personas según sean útiles o inconvenientes, que confunde la gestión de la cultura con la gestión de riesgos comunicacionales.

    Hoy lo vimos en su versión más cruda: un gobierno que no supo, o no quiso, estar a la altura de lo que la gente necesitaba.

    La gente fue igual. Se juntó en Plaza de Mayo, en el Obelisco, en las plazas de todo el país. Hizo su misa ricotera sin permiso, sin decreto, sin apoyo oficial. Como siempre lo hizo la cultura popular argentina cuando el Estado le dio la espalda: sola, masiva e irreductible.

    El Indio no necesitaba el Congreso para ser lo que fue. Sus seguidores tampoco.

    Pero el Estado sí necesitaba estar. No para sacar provecho sino para estar a la altura de las circunstancias. Y no estuvo.

    Eso también dice algo de quiénes somos, y de quiénes nos gobiernan.

    ‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.

    RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS

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