Bajo el lema de ‘abran las aulas’ se ha generado una movilización en pos de volver a las clases presenciales tras casi un año lectivo donde las clases se dictaron, como se pudo, de manera virtual. Difícil estar en desacuerdo con tal afirmación, porque salvo quienes crean que la educación no es el camino para la superación personal, que son muy pocos aunque a veces se ponga en duda que el mérito es camino hacia la superación, la sociedad mayoritariamente está convencida que su propio crecimiento como tal depende de la educación.
Ahora bien, dicho esto, que está fuera de cualquier discusión posible porque es necesario que vuelvan las clases presenciales con los chicos en las escuelas, el resto está todo por discutir, porque la suspensión de clases del año pasado expuso de manera cruel la disparidad de realidades que hay en el sistema educativo argentino que, inicialmente, no puede ser tomado como tal porque es la acumulación de múltiples sistemas educativos provinciales y entre ellos público y privado.
Aquí entonces surge la primera diferencia, puesto que no es lo mismo ser alumno en un área con acceso a conectividad electrónica para poder recibir instrucción a través de las redes, que ser de una zona donde la conectividad es, en parte, limitada. Fueron varios los ejemplos en los que quedaban expuestas las dificultades de los alumnos de zonas rurales para poder tener señal de conexión a internet. Pero no es la única diferencia, porque claro está, la primera diferencia es la de tener los instrumentos para poder conectarse y el conocimiento para saber utilizarlos. Aun teniendo acceso a conectividad, no todos los jóvenes tienen las herramientas físicas e intelectuales para poder conectarse.
Otra diferencia notoria se dio entre alumnos de colegios privados, tomados como un todo aunque hacia el interior de este conjunto también ha habido grandes diferencias, y alumnos de colegios públicos. Las herramientas que cada institución puso a disposición de su alumnado no fueron similares. Los colegios privados presionados por sus ‘clientes’ debieron dar respuestas más contundentes a los reclamos de los padres que no veían correcta retribución al dinero abonado mensualmente. Aun así, varios colectivos de propietarios de instituciones educativas han alertado por la alta tasa de morosidad entre sus alumnos.
Finalmente, sin que esta lista pretenda ser exhaustiva, no todos los colegios tienen infraestructura en condiciones para hacer frente a abrir las aulas en las nuevas condiciones. Mayoritariamente no cuentan con condiciones edilicias para poder garantizar el distanciamiento pretendido ni con los instrumentos para poder garantizar las condiciones de bioseguridad imprescindibles. Estamos pidiendo alcohol en gel en colegios que no tienen gas natural, exigimos que se laven periódicamente las manos en baños que no están a la altura de las necesidades del momento.
Surge entonces, como ante cada anuncio, el dilema de cómo se lleva a la práctica en lo cotidiano argentino los titulares de los diarios.
Nadie puede discutir la necesidad y la importancia de la vuelta a las aulas, social e intelectualmente, el tema en discusión es cómo y cuándo. Para ello es necesario pensar la realidad que afrontamos cada día, pudiendo servir como ejemplos realidades lejanas pero, en ningún caso, pueden servir de comparación porque el punto de partida es muy dispar. No es que ahora estamos peor que esos ejemplos, lo estamos desde hace mucho tiempo, la diferencia es que ahora esa brecha se amplió y quedó expuesta como nunca.
La discusión, en última instancia, es más profunda. La discusión es cuál es el rol que cumple la educación en nuestra sociedad, porque teniendo en claro esta cuestión, acordadas de una buena vez cuáles son las prioridades, el resto es accionar en consecuencia.
Muchas veces se compara entre la apertura de los bingos y el cierre de los colegios, y se argumenta que esto se debe a que se prefiere el entretenimiento ante la educación, pero en mi opinión la realidad no es tan simple. Puedo elegir no ir a un bingo, pero ¿Puedo elegir no enviar a mis hijos al colegio? Si se elige no mandar los niños al colegio no debería haber discusión, desde marzo no van. Si no se puede elegir, entra en discusión la razón de ser, al menos en mi opinión, del debate sobre la forma en la cual se vuelve al colegio. En el ejemplo de los bingos, el Estado solo debe controlar que quien los explota cumpla con las normas preestablecidas, en el caso de las escuelas, el Estado es corresponsable, puesto que gran parte de la educación está en sus manos y la que no lo está es quien garantiza qué y cómo se imparte. Y frente a esa realidad uno debe preguntarse ¿Qué hizo el Estado desde el domingo 15 de marzo de 2020 en que el presidente Alberto Fernández anunció la suspensión de clases presenciales? La respuesta es unívoca, NADA. Y ese es el problema de fondo.
Nadie está en desacuerdo en que se abran las aulas, la cuestión es cuándo y cómo. Porque no es solo el abrir las aulas sino todo lo que conlleva de movilización social para que el dictado de clases pueda darse.
El Estado no está en condiciones de garantizar condiciones adecuadas para el dictado de clases presenciales pese a que el Presidente de la República afirmara que ‘Nosotros hemos decidido que las clases vuelvan con los cuidados del caso, por eso estamos en condiciones de confirmar que en marzo las clases se iniciarán’. Porque en última instancia lo que está en discusión no es volver a las aulas sí o no, sino si la educación es esencial para los argentinos.
Esta palabra que tanto se utilizó durante la pandemia y que ponía a un lado de la línea a aquellas personas con trabajos esenciales y que, por ende, podían y debían salir a trabajar sobre aquellos no esenciales que vieron retrasada su vuelta a las labores productivas.
Nunca desde el 16 de marzo a hoy (y mucho antes tampoco) la educación fue puesta al tope de las prioridades como una cuestión esencial, y en consecuencia no se tomaron medidas que debían tomarse para que se pudieran abrir las aulas.
Y por si esta realidad fuera poca, hay que sumar la presión gremial, que con algunas preocupaciones certeras y mucho oportunismo político, buscan sacar provecho de la situación.
Se ‘discute’ entonces si hay que abrir o no las escuelas, pero nadie discute para qué abrirlas, nadie discute el cómo abrirlas. Muchos piensan en algo irreal, volver al dictado de clases tal como fue hasta el 13 de marzo de 2020, la clave es repensar lo que viene, no lo que dejamos atrás.
Si como sociedad compartimos que la educación es esencial, entonces sí se podrán abrir las aulas porque habremos hecho todo lo necesario, y más, para que así suceda, si no todo es una mera puesta en escena para intentar obtener un rédito político que debiera ser lo efímero que es la solidez de sus argumentos.
Hay quienes han planteado una hoja de ruta en este sentido, pero no dejan de ser arrebatos minoritarios porque la sociedad en su conjunto, y como tal, aun no toma conciencia del daño que se está autoinfringiendo. No somos conscientes de cómo estamos hipotecando nuestro futuro y el de nuestros descendientes.
Es necesario reaccionar ya y ponerse, seriamente, a delinear la nueva educación argentina, sin delirios y con pies en la tierra.
Ya es tarde para abrir las aulas, no hagamos que sea tarde para nuestro futuro.
No alcanza con abrir las aulas.
La clave está en pensar (y accionar) las nuevas aulas, la nueva escuela, la nueva educación.

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