Javier Milei estaba en Israel cuando explotó la polémica. Lejos físicamente, pero muy presente en su red social favorita. Desde allá tuiteó: ‘BASURAS REPUGNANTES. Me encantaría ver a esas basuras inmundas que portan credencial de periodistas (95%) que salgan a defender lo que hicieron estos dos delincuentes’. El Presidente, con esa fineza diplomática que lo caracteriza, se refería a dos periodistas de TN. El motivo: un cronista de la señal había filmado pasillos del interior de Casa Rosada con anteojos inteligentes para el programa ‘¿Y mañana qué?’, que conduce Luciana Geuna.
La consecuencia fue, digamos, desproporcionada: en una medida con escasos precedentes, se les quitó la huella digital a los representantes de todos los medios acreditados. Todos. Sin distinción. La sala de periodistas de Balcarce 50, que se mantuvo abierta durante períodos democráticos y aún durante gobiernos de facto, cerró sus puertas esta mañana. Que quede claro: lo que no hizo la dictadura, lo hizo la libertad.
🔎 El ‘espía’ de los pasillos
Desde el Gobierno argumentaron que el motivo central es la difusión de un informe en el que el periodista Ignacio Salerno filmó pasillos del edificio con anteojos inteligentes. Para la administración mileísta, esto constituye ‘espionaje ilegal’. Espionaje ilegal. Con anteojos. En un pasillo. De uso común para la prensa.
La Casa Militar sostuvo que el video mostraría ‘de forma inequívoca’ que el periodista ‘registró sin filtro la actividad de la sede principal del Gobierno mediante una grabación subrepticia’, y sugirió posibles infracciones a los artículos 222 y 223 del Código Penal, que contemplan penas de uno a seis años por revelar secretos políticos o militares. Un pasillo. Secretos de Estado. Uno a seis años.
La pregunta que nadie parece hacerse en voz alta es bastante simple: ¿qué había en ese pasillo que no puede verse? Porque si la respuesta es ‘nada relevante’, entonces el problema no es el pasillo. El problema es otro.
Se buscó una excusa para hacer lo que siempre se deseó hacer.
La medida se tomó ‘de manera preventiva’, explicó Javier Lanari con esa cara de empleado bancario comunicando que se le acreditó menos de lo esperado. Preventiva. O sea: la culpa todavía no está probada, pero el castigo ya está aplicado. Kafka estaría orgulloso. Y además, la restricción tiene un condimento: coincide justamente con el día en que Milei recibía al empresario Peter Thiel en Casa Rosada. Qué casualidad tan preventiva.
Lo que hubo fue censura, por más que lo quieran disfrazar de lo que quieran disfrazarlo.
🤔 ¿Y si hubiera sido Cristina?
Hagamos el ejercicio. No como hipótesis académica, sino como ejercicio de memoria colectiva.
Imaginemos que en 2012, o en 2014, un periodista de un canal de noticias hubiera filmado pasillos de Casa Rosada con cualquier dispositivo, y Cristina Fernández hubiera respondido: cerrando la sala de prensa para toda la prensa acreditada, calificando a los periodistas de ‘basuras repugnantes’ y ‘delincuentes’ desde el exterior, ordenando a la Casa Militar que los denunciara penalmente bajo cargos de espionaje, y todo eso… desde un viaje oficial al exterior.
El incendio mediático hubiera sido visible desde el espacio. Los editoriales del día siguiente tendrían títulos como ‘El fin de la república’, ‘La dictadura K’, ‘CFK contra la libertad de prensa’.
Lo que ocurrió ayer no tiene antecedente democrático en cuarenta años. Y sin embargo, el que lo hizo tiene una imagen de defensor de la libertad que aún cotiza en alza en determinados sectores. La narrativa es potente: cuando lo hace el adversario, es censura. Cuando lo hace el héroe, es seguridad nacional.
📢 ‘¡Queremos preguntar!’ (Solo cuando conviene)
Y acá llegamos al corazón del asunto. Al verdadero escándalo. No el de los anteojos, sino el del silencio.
En mayo de 2012, Jorge Lanata convocó a medio centenar de periodistas a su programa ‘Periodismo para Todos’, bajo la consigna ‘Queremos preguntar’, para expresar su disconformidad por la ausencia de conferencias de prensa de Cristina Kirchner. Entre los que contestaron estaban Joaquín Morales Solá, Nelson Castro, Fernando Bravo, Marcelo Longobardi, Ricardo Kirschbaum, Eduardo Zunino, María Laura Santillán, Pablo Sirvén, Alfredo Leuco y Magdalena Ruiz Guiñazú.
Fue un momento televisivo memorable. Periodistas con carteles. Lanata leyendo su lista de ‘temas sobre los cuales no se le puede preguntar a Cristina’. El hashtag #queremospreguntar como trending topic mundial. ‘Formamos un grupo de periodistas que queremos preguntar, hacer nuestro laburo, y cuando preguntamos, preguntamos en nombre de ustedes. Cuando no nos responden, es un problema de todos’, declamó Lanata.
Hermoso. Emotivo. Y absolutamente selectivo.
No hubo en esta oportunidad una convocatoria similar.
🔇 El problema no son los anteojos
La verdad es que nadie está discutiendo si la filmación fue correcta o incorrecta en términos protocolares. Puede haber debate ahí, y es legítimo. Lo que no es legítimo es responder a eso con la suspensión colectiva de toda la prensa acreditada, con insultos presidenciales desde el exterior, con denuncias penales bajo figuras de espionaje militar, y con el silencio cómplice de quienes durante años se llenaron la boca con la libertad de expresión.
Depende ¿de qué depende? Como dijera Jarabe de Palo, de según como se mire, todo depende.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror.’
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
