Cuando los partidos eran algo más que sellos de goma y papel picado
Hubo una época en la que ser de un partido político era algo serio. No era solo un trámite online, ni una figurita para pegar en el CV político. Era identidad. Un modo de pensar, de pararse en el mundo, de militar. Era discutir hasta tarde, defender ideas en la calle, o incluso bancarse perder sin venderse al primero que ofreciera un cargo.
Eso, claro, fue antes del colapso institucional del 2001. Antes de que la política se convirtiera en un juego de tronos municipal con cartelería.
Hoy, los partidos políticos -al menos como los pensaba Raúl Alfonsín cuando impulsó el artículo 38 de la Constitución- no existen.
Queda el cascarón legal. Queda la frase linda: ‘Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático…’
Pero en la práctica, eso es como decir que el INDEC es una herramienta confiable para medir la felicidad. Te lo pueden vender, pero nadie lo compra.
De institución a franquicia: el ocaso del partido político como proyecto
Lo que hay ahora son sellos electorales al mejor postor. Partidos vacíos de contenido, usados como envases descartables por candidatos que lo único que comparten es el apuro por llegar.
No hay proyecto. No hay ideología. Apenas hay un Excel con cargos disponibles.
¿Querés ejemplos? Te sobran los dedos de una mano… para contar cuántos NO saltaron de un espacio a otro.
Un día van con los radicales, al siguiente aparecen con Milei. Hoy son oficialistas, mañana opositores. Y pasado… quién sabe.
En Zárate, la situación es aún más explícita. Es como si estuviéramos viviendo una versión política de ‘Quién quiere ser intendente’, pero sin preguntas difíciles.
La grieta: ese pegamento que ya no pega
Desde hace décadas, el eje peronismo-antiperonismo ordenó la política argentina. Pero ni eso quedó en pie. Porque lo que antes unía, ahora sirve solo para buscar excusas.
Durante años, la UCR creció con gente que no tenía muy claro qué era el radicalismo, pero sabía que quería ganarle las elecciones al peronismo. Lo mismo pasó con el PRO. Una especie de experimento de centro-derecha con branding de start-up. ¿El objetivo? Ganarle al peronismo.
Y ahora con La Libertad Avanza, el esquema se repite. Cambia el envase, pero no el relleno. Un rejunte de lo que quedó, con olor a liberalismo de YouTube y citas de Ayn Rand mal leídas.
¿Y el contenido? Bien, gracias.
Zárate como muestra gratis del desastre
A nivel local, la cosa no mejora. Al contrario: Zárate es un laboratorio político sin ética ni control de calidad.
Personas que ayer eran kirchneristas furiosos, hoy militan con libertarios anti kirchneristas furiosos. Radicales que hoy gestionan como si fueran del PRO. Peronistas que votan junto a Juntos por el Cambio. Ex massistas reciclados como libertarios de ocasión. Y así.
Todo mezclado, todo confuso, todo útil mientras haya un cargo al final del camino.
Mirá si no los casos de Viviana Nazábal o Gisela Gaynor, que en su afán de querer llegar terminaon compitiendo contra sí mismas después de años de dar vueltas por diferentes partidos.
Y la verdad es que eso no habla solo de ellas. Habla de un sistema político que dejó de tener sentido. Porque si todo da lo mismo, no hay nada que valga la pena.
La política como reality show
Hoy la política se parece más a un casting que a una construcción colectiva.
Importa la cara, la voz, el look.
¿Tenés un par de selfies con algún funcionario? ¿Te manejás con Reels? ¿Podés sonreír y repetir lugares comunes sin transpirar?
Entonces, ¡adelante!
Estás listo para encabezar una lista.
Y si no sabés qué pensás… mejor. Nadie te va a pedir coherencia. Apenas que sumes votos.
En Zárate esto se ve con dolorosa claridad. Lo que menos importa es de dónde venís o qué defendés. Lo que importa es si podés sumar. A cualquier costo.
¿Y qué pasa con la gente?
Pasa lo obvio. La gente se aleja, se desconecta, se cansa. Los niveles de participación electoral son un reflejo claro. Aunque el voto es obligatorio, cada vez menos personas van a votar. Y de las que van, muchas lo hacen con resignación, con bronca, con indiferencia.
Ya no se vota con esperanza. Se vota como quien elige el menos peor, no malo. Un poco por costumbre. Un poco por miedo. Un poco porque es lo que hay.
La teoría no miente. Pero tampoco se aplica.
Los politólogos lo dijeron todo antes de que ocurriera. Giovanni Sartori lo dejó claro: ‘Los partidos hacen que la democracia funcione.’
Robert Dahl habló de los partidos como puentes entre la ciudadanía y el poder.
Guillermo O’Donnell advirtió que sin partidos sólidos, lo que queda es una ‘democracia delegativa’. O sea: un festival de personalismos sin control.
Y Peter Mair, con precisión quirúrgica, nos dijo que lo que está en crisis no es la democracia en sí, sino el modelo de democracia de partidos del siglo XX.
La verdad es que tienen razón. El problema es que nadie escuchó.
¿Se puede volver atrás? ¿Vale la pena intentarlo?
Volver a tener partidos reales no es imposible. Pero tampoco es rápido. Ni gratis. Requiere que alguien quiera algo más que su cargo.
Necesitamos partidos con bases, con ideas, con formación. Dirigidos por dirigentes, DIRIGENTES con mayúsculas. Que discutan. Que piensen. Que se animen a confrontar con los suyos. Que no tengan miedo de decir ‘no sé’ o ‘me equivoqué’.
Eso sería revolucionario hoy. Porque lo que tenemos es lo contrario: estructuras huecas, sin alma, sin propuesta, sin comunidad.
Zárate merece más que un acting partidario
En esta ciudad, lo partidario se volvió una excusa para el negocio personal. Quien gana un cargo, lo usa para posicionarse.
Quien pierde, se va con el de enfrente.
Y si se trata de repartir subsidios, contratos, ayudas o favores… entonces el sello es lo de menos.
El problema no es la política. El problema es que nadie está haciendo política. Están haciendo marketing. Están haciendo clientelismo. Están haciendo supervivencia.
Y eso, a la larga, nos deja solos.
Final con preguntas (y con bronca)
¿Podemos seguir así? Sí.
¿Debemos seguir así? No.
¿Alguien va a cambiar algo? Depende.
Depende de que alguna vez tengamos el coraje de exigir partidos políticos en serio. No sellos, no ‘espacios’. Partidos políticos. Con ideas, con programas, con límites.
Porque si no lo hacemos, la política se va a seguir pareciendo a lo que es hoy: una comedia negra con actores improvisados y una platea cada vez más vacía.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
