Albert W. Tucker, creo, no es una figura conocida para la mayoría de quienes lean estas líneas, sin embargo es alguien que deberíamos empezar a leer y releer para poder ayudarnos a entender lo que está ocurriendo con los acusados por el asesinato de Fernando Báez Sosa.
El señor Tucker fue un matemático canadiense que hizo grandes contribuciones a la teoría de los juegos y que a mediados del siglo pasado le puso nombre al modelo de cooperación y conflicto desarrollado por Merrill M. Flood y Melvin Dresher, el dilema del prisionero.
Y este desarrollo teórico no solo nos sirve para intentar dilucidar lo que ocurre con los acusados, puesto que a partir de hoy técnicamente son prisioneros al estar alojados en una prisión, sino que nos da un marco para analizar los comportamientos que nos permitan analizar su proceder.
Inicialmente en Zárate, y ya alcanzó dimensión nacional, hay una campaña que pide justicia por algunos de los implicados aduciendo su inocencia. Lo que no explica esa campaña, que no está basada en un conocimiento de lo ocurrido el día del crimen, que solo aparece en la causa judicial, sino en un conocimiento previo de los imputados con anterioridad al hecho, es por qué no se grita a los cuatro vientos esa inocencia que se aduce, por qué se mantiene lo que el abogado de la familia damnificada, Fernando Burlando, dio en llamar ‘un pacto de silencio de mafioso’.
Estos quizás son, por estas horas, los mayores interrogantes. ¿Por qué nadie habla? ¿Porque todos tienen un cuota de responsabilidad en el hecho? ¿Por una cuestión de fraternidad mal entendida?
Teniendo en cuenta las salvedades que ya hemos expuesto respecto al acceso a la información, dado que no tenemos acceso a la información oficial, podemos sí trazar algunas líneas transcurridos unos días y con algunas opiniones públicas de las partes involucradas.
Inicialmente todos los involucrados, con la salvedad de Pablo Ventura que ya fue desvinculado de la causa y a quien cuanto menos le deben explicaciones y disculpas, se negaron a declarar, y cuando llegó el momento del análisis de los teléfonos celulares, lo que permitiría, entre otras cosas, es conocer si hubo mensajes entrantes o salientes relevantes para la causa y la ubicación de los aparatos en caso de haber realizado o recibido llamadas, volvieron a actuar de manera monolítica, sin entregar las claves de sus teléfonos, ¿por qué entonces ese accionar? ¿por qué un inocente no proclama su inocencia? ¿por qué está dispuesto a entregar su libertad a cambio del silencio? Para quienes no conocemos de derecho, es inentendible, probablemente quienes asesoran a los imputados tengan sus razones.
Por ello recurrimos al dilema del prisionero, porque desde un plano teórico nos ayuda a intentar entender el acontecer de los hechos. Antes de seguir una aclaración. Como todo modelo teórico, sirve para ayudarnos a explicar una realidad, pero no la explica acabadamente. Incluso en este caso hay cuestiones que no se ajustan estrictamente a la realidad puesto que el dilema está planteado para dos prisioneros ubicados en diferentes celdas y sin contacto entre sí, aunque eso bien puede ser suplido por el asesoramiento que reciben, por separado, cada uno de ellos.
Tal como se explica en el sitio Policonomics se trata de un caso en el que ‘los policías no tienen suficientes pruebas para condenarlos de ese crimen, sólo para condenarlos por el cargo de posesión de bienes robados, que conlleva una pena mucho menor.
Si ninguno de ellos confiesa (cooperan entre sí), ambos serán sentenciados a la pena menor, un año de prisión cada uno. La policía los interrogará en salas de interrogatorio diferentes, lo que significa que los dos prisioneros no pueden comunicarse entre ellos (por lo tanto tendrán información imperfecta). La policía tratará de convencer a cada prisionero de que confiese el crimen, ofreciéndoles salir libres de inmediato, mientras que el otro prisionero será condenado a una pena de diez años. Si ambos prisioneros confiesan, cada preso será condenado a ocho años. A ambos prisioneros se les ofrece el mismo trato, ambos conocen las consecuencias de cada acción (información completa) y son completamente conscientes de que al otro prisionero se le ha ofrecido el mismo trato (por lo tanto la información es de conocimiento común).’
En consecuencia, en este supuesto a todos les conviene cooperar, sin delatar a nadie, porque al no poder probarse fielmente los hechos, no se puede condenar a los responsables. ¿Es esto lo que ocurre?
Como nos preguntábamos días atrás, es poco lo que se sabe, y ‘¿Todo lo que sabemos es todo lo que sabe la Justicia? ¿Todo lo que sabe la Justicia es todo lo que sabemos? De nada sirve enumerar nombres como culpables del asesinato de Fernando ni quitar nombres de la lista porque se cree en su inocencia. De eso se encargará la justicia.’
En esta etapa, y con muchas diligencias judiciales por completarse aún, quizás el dilema del prisionero sirva para desentrañar el dilema de los prisioneros, con el avance de la investigación y el dictado de las prisiones preventivas, quizás ya no sirva para explicar el dilema de los presidiarios.
El tiempo dirá.
