La Ordenanza 5322 no es un acto administrativo: es una confesión política. Un papel que dice más por lo que calla que por lo que ordena. Un documento que lleva la firma de la complicidad institucional, del Concejo Deliberante que aprueba sin preguntar, de la oposición que critica pero no frena, del sistema que funciona para pocos y cobra a todos.
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Hay una diferencia entre la influencia legítima de un asesor y la usurpación de funciones que estamos presenciando. Una cosa es aconsejar. Otra muy distinta es cobrar, firmar y aparecer públicamente como autoridad sin serlo.
Sin alternativa no hay alternancia. Y sin alternancia, lo que tenés es una monarquía con urnas.
Matzkin prometió austeridad y gobierna con privilegios. Prometió transparencia y administra opacidad y silencios. Prometió cambio y perpetúa prácticas.
Torres no vino a gobernar para los zarateños. Vino a acomodarse, una vez más, en el lugar que le dieron. Y cuando ese lugar deje de servirle, saltará al próximo. Porque eso es lo que hacen los oportunistas profesionales: saltan. Siempre saltan.
¿Habrá que esperar a una nueva campaña electoral para que los vecinos puedan tener limpio su barrio? ¿Deberán esperar que las ratas salgan en la foto para que tomen conciencia de la realidad?
Mientras en el relato se gobierna para los que menos tienen, los datos demuestran que lo que se prioriza es la posibilidad de negocio de los que más tienen.
El problema no es la temática en sí misma. Al fin de cuentas, somos muchos los argentinos que importamos costumbres culturales de otros lados. El problema -el verdadero, el que duele, el que no sale en las fotos- es que mientras hablamos de ‘la festividad de Halloween’, dejamos de hablar de lo que realmente importa.
Torres llega al Palacio Municipal con la misión imposible de ordenar el desorden, de dar volumen político a un gobierno que nunca lo tuvo, de negociar con una oposición que huele sangre.
Hoy el proceso electoral de dos tiempos expuso dos derrotas oficialistas consecutivas en menos de dos meses. Dos. Seguidas. Como si la ciudadanía estuviera tratando de enviar un mensaje en código Morse político: “Che, no nos gusta el rumbo”. Pero en el recinto parece que nadie tiene receptor.