El martes pasado, mientras el Senado de la Nación todavía no sabe bien si el Súper RIGI es un régimen de incentivos o un festival de letras, el ministro Luis Caputo recibió en su despacho a unos ejecutivos con acento de Wall Street y promesas de dólares. Salieron todos sonriendo. Y ahí, entre los flashes, apareció nuestro intendente Marcelo Matzkin aplaudiendo un anuncio de 1.200 millones de dólares para instalar en Atucha un reactor que no se diseñó acá, no se patentó acá, y no es mayoritariamente de acá. La verdad es que, si uno cierra los ojos, casi puede escuchar el ruido de la soberanía nacional haciéndose añicos. Pero bueno, al menos el anuncio quedó lindo.
El anuncio que no calienta ni un mate
El 2 de julio de 2026, Caputo publicó en sus redes que Meitner Energy, una empresa constituida en Delaware, Estados Unidos, le presentó formalmente la propuesta de construir el primer ACR-300 en el complejo nuclear de Atucha. La inversión, dijeron, sería de u$s 1.200 millones en capital privado estadounidense, generaría unos 2.000 puestos de trabajo, y el reactor entraría en operación hacia 2030. Suena tentador. Suena, de hecho, demasiado tentador.
El ACR-300 es un reactor modular pequeño (SMR) de 300 MWe, tecnología PWR (agua presurizada), clasificación Generación III+. La empresa lo vende como el primer reactor con refrigeración por aire, lo cual le permitiría instalarse en zonas sin acceso a importantes fuentes hídricas… que no es el caso de donde dicen que se instalaría. Y eso estaría bien. Lo que no está tan bien es el resto de la historia.
Matzkin: del CAREM al cariño por Caputo
Hace no mucho tiempo, cuando el gobierno nacional empezaba a desguazar el Proyecto CAREM 25 de Lima, Marcelo Matzkin salía a la palestra con el pecho inflado de patriota. ‘Quiero que se continúe la obra y que se conserven los puestos de trabajo’, decía. ‘Mi postura es que yo defiendo la soberanía en materia de energía nuclear’. Incluso llegó a pedirle al gobierno nacional que ‘ponga especial atención a un proyecto que no solo beneficia al municipio o a Lima sino a la soberanía nuclear energética de un país’. Eran palabras duras, sinceras, o al menos eso parecía.
Hoy, ese mismo Matzkin se sube al tren de Meitner Energy con la liviandad de quien cambia de camiseta en el entretiempo. El 7 de julio publicó en X un mensaje celebrando el anuncio junto a Caputo. La pregunta que queda flotando en el aire es simple: ¿qué pasó con la soberanía que defendía, intendente? ¿Se evaporó junto con los 250 trabajadores despedidos del CAREM? ¿O es que la soberanía nuclear solo importa cuando hay que hacer como que se piensa algo y el argumento cambia cuando te hacen pensar algo?
¿Quién paga la fiesta?
Meitner Energy no es una empresa argentina. Es una sociedad constituida en los Estados Unidos entre Black River Technology, la filial estadounidense de INVAP, y el Grupo Ansari, un grupo inversor privado de ese país. La distribución es clara: INVAP, la empresa estatal rionegrina que aporta la base tecnológica, se queda con el 40%. Los inversores de Ansari, cuya identidad y trayectoria en el sector nuclear permanecen envueltas en una opacidad que en esta industria no es precisamente un detalle menor, se quedan con el 60%. La patente del ACR-300, desarrollada sobre décadas de trabajo de INVAP, fue registrada en EE.UU. en 2024 y luego cedida a Meitner Energy. Es decir, lo que se anuncia como un triunfo argentino es, en realidad, un producto que ya no nos pertenece.
El CEO de la empresa es Teófilo Lacroze, un ejecutivo que pasó más de treinta años en Shell y Raízen antes de saltar al mundo nuclear. No hay nada malo en ello, claro. Pero resulta curioso que el futuro de la energía nuclear argentina esté en manos de un ex petrolero y unos inversores privados de los cuales la ciudadanía no conoce ni el nombre completo.
Además, la empresa viene operando en el país desde hace unos dos años y ya contrató a más de 120 profesionales. Muchos de ellos, advierten voces del sector, provienen de la CNEA, la ARN y Nucleoeléctrica Argentina. Es decir, mientras el Estado desfinancia sus propios institutos, el capital privado extranjero los vacía de cerebros con salarios que el sector público no puede pagar. Es un traspaso de capacidad tecnológica disfrazado de inversión.
El CAREM muerto, la CNEA desangrada
Y es que no se puede entender el anuncio de Meitner sin mirar lo que está pasando alrededor. El CAREM 25, el reactor nuclear modular argentino desarrollado por la CNEA, lleva años en una paralización que huele a abandono. Mientras tanto, un reporte de dudosa fiabilidad cuestionó una característica clave del diseño del CAREM, generando ruido mediático justo cuando el gobierno necesitaba argumentos para dejarlo de lado. La coincidencia, claro, es apenas eso: una coincidencia. Pero en la política nuclear, las coincidencias suelen ser tan radioactivas como el uranio.
La CNEA, por su parte, atraviesa un desfinanciamiento crónico. Los presupuestos se achican, los proyectos se congelan, y los científicos se van. No es casualidad. Es política de Estado. La apertura del sector nuclear al capital privado, plasmada en los nuevos lineamientos de la CNEA, no es una reforma: es una liquidación encubierta de la capacidad soberana. Y Meitner Energy llegó justo a tiempo para comprar los restos.
Cuando la ‘apertura’ es rendición
El gobierno de Milei anunció en diciembre de 2024 un Plan Nuclear que incluía cuatro reactores ACR-300 en Atucha. En ese momento, sonaba a plan. Hoy, suena a contrato por adjudicación directa. La propuesta de Meitner Energy no compitió con nadie. No hubo licitación pública, no hubo debate técnico en el Congreso, no hubo consulta a la comunidad científica. Apareció un ejecutivo de Delaware, una foto con Caputo, y de repente el futuro energético del país está dibujado… y Matzkin pretendiendo aparecer en la foto.
El proyecto, además, deberá obtener licencias en la ARN argentina y en la NRC estadounidense. Es decir, la seguridad de lo que se instale en suelo argentino dependerá, en parte, de lo que decida una agencia de Washington… algo que, dada las relaciones carnales new age no es difícil imaginar que se obtendrá. Eso, en un país que presume (o presumía) de soberanía nuclear, es al menos incómodo. Y para los que laburan en Lima, donde se suponía que iba a nacer el reactor argentino, debe ser una cachetada con guante de plomo.
La foto del recuerdo
Marcelo Matzkin no es el único político oportunista del país. Pero en Zárate, su zigzagueo es especialmente cínico. Hace meses, defendía el CAREM y hablaba de ‘soberanía energética’ como si fuera una bandera personal. Hoy, celebra un proyecto extranjero que desarticula el tejido científico nacional, y que convierte a la Argentina en un mero emplazamiento para una patente norteamericana. La soberanía, al parecer, tenía fecha de caducidad.
Los 1.200 millones de dólares suenan bien en un titular. Pero hasta que no haya una pala en la tierra, una licencia aprobada y un peso real invertido, no son más que eso: un número en un papel. Y mientras tanto, el CAREM sigue paralizado, la CNEA sigue sangrando, y los zárateños seguimos sin saber si la luz del futuro la vamos a prender con tecnología propia o con el recibo de alquiler de un reactor ajeno.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
