Un presidente débil en votos, fuerte en convicciones e instituciones
Hoy se cumplen sesenta años de la madrugada en que un grupo de generales sublevados le exigió a un presidente constitucional que abandonara su despacho. Fue el 28 de junio de 1966, y el hombre al que vinieron a buscar a la Casa Rosada antes de que saliera el sol era el Doctor Arturo Umberto Illia, médico rural de Cruz del Eje al que la prensa y buena parte de la dirigencia política de su tiempo habían apodado, con desprecio, ‘la tortuga’. Sesenta años después, conviene preguntarse si esa tortuga no tenía, después de todo, bastante más razón que sus liebres.
Illia llegó a la Casa Rosada el 12 de octubre de 1963 en las condiciones más adversas que pueda imaginarse una democracia: el peronismo seguía proscripto desde 1955, casi dos millones de argentinos votaron en blanco en señal de protesta, y su propio radicalismo estaba dividido. Con apenas el 25% de los votos, necesitó el respaldo de socialistas y conservadores en el Colegio Electoral para imponer la fórmula Illia-Perette. No era, desde ningún punto de vista, un gobierno con un mandato sólido. Y sin embargo, ese gobierno débil en lo electoral terminó siendo uno de los más sólidos en materia de respeto institucional y de resultados concretos que haya tenido la Argentina del siglo XX.
Una gestión con números para el olvido conveniente
Durante sus casi mil días de gestión, el Producto Bruto Interno creció a un ritmo cercano al 8% o 9% anual, la balanza comercial fue positiva por primera vez en seis años, se redujeron el desempleo y la deuda externa, se recuperó el salario real y se sancionó la Ley de Salario Mínimo, Vital y Móvil. El Congreso aprobó también una Ley de Medicamentos que ponía coto a las ganancias de los grandes laboratorios, exigiéndoles que el contenido real de sus productos coincidiera con lo que anunciaban en el prospecto. Como represalia, según denunció el propio Illia, esas empresas farmacéuticas pusieron trabas a la renegociación de la deuda argentina en el Club de París.
En política exterior, impulsó en diciembre de 1965 la resolución 2065 de la Asamblea General de la ONU, que por primera vez reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido por las Islas Malvinas. También se negó a sumar tropas argentinas a la intervención militar estadounidense en República Dominicana.
El enfrentamiento con las petroleras y Washington
La medida que más costo político tuvo la anulación de los contratos petroleros. La noche del viernes 15 de noviembre de 1963, apenas un mes después de jurar, el presidente y sus ministros firmaron los decretos que anulaban los contratos con empresas petroleras extranjeras. Estados Unidos no se quedó de brazos cruzados: envió primero a Averell Harriman y luego al embajador Robert McClintock para advertirle que la medida pondría en riesgo la ayuda económica norteamericana. Illia no se movió un milímetro: le hizo saber a Harriman que la entrevista había terminado, y a McClintock que la decisión del Estado argentino era irreversible.
La acumulación de enemigos y el rol de la prensa
A pesar de estos números, sobre Illia se fueron aunando todos los enemigos posibles: las petroleras y los laboratorios farmacéuticos a los que había tocado el bolsillo; los frigoríficos y las entidades empresarias que reclamaban una apertura económica; buena parte del sindicalismo peronista; y, sobre todo, una cúpula militar con el general Juan Carlos Onganía al frente que reclamaba mano dura contra los gremios y una alineación más estrecha con Washington en plena Guerra Fría.
La prensa hizo el resto: revistas como Primera Plana y Confirmado construyeron con paciencia la caricatura de un presidente lento e ineficaz, la tortuga, al punto de que el propio ministro de Justicia denunció penalmente a Primera Plana por crear el clima propicio para un golpe.
La madrugada del golpe
El desenlace se precipitó en la madrugada del 28 de junio de 1966. A las cinco y veinte de la madrugada, el general Julio Alsogaray irrumpió en el despacho presidencial y le exigió a Illia que se retirara. El presidente no se movió: les dijo que no representaban a las Fuerzas Armadas sino a un grupo de insurrectos. Ordenó a su guardia de granaderos que no resistiera con las armas, para evitar una masacre, pero no aceptó renunciar. Cuando la Casa Rosada ya estaba cercada y la policía ingresó con pistolas lanzagases, Illia abandonó el edificio. No tenía auto propio, lo había vendido durante su gestión, y rechazó el vehículo oficial: se fue en un taxi hasta la casa de su hermano, en Martínez.
Lo que vino después: de los bastones largos al abismo
Al día siguiente asumió Onganía, jurando sobre los estatutos de la autodenominada ‘Revolución Argentina’, que a diferencia de los golpes anteriores no se proclamó transitoria, sino destinada a un cambio de fondo sin fecha de finalización prevista. Apenas un mes más tarde, la Policía Federal desalojó a golpes cinco facultades de la UBA en la Noche de los Bastones Largos, terminando con el régimen de autonomía universitaria vigente desde la Reforma de 1918. Más de trescientos profesores emigraron en los meses siguientes. El Nobel de Química Luis Federico Leloir definiría más tarde a los años de Illia como ‘una brevísima edad de oro en las artes, la ciencia y la cultura’ argentinas.
El patrimonio de un presidente honesto
Hay un episodio menos conocido que resume mejor que cualquier discurso lo que significó la presidencia de Illia. Al día siguiente del golpe, el ex presidente se presentó ante el Escribano General de Gobierno para declarar su patrimonio. Había llegado a la Casa Rosada con una casa, sus instrumentos de médico, un auto y trescientos mil pesos. Se fue con la casa, nomás: el auto lo había vendido y los ahorros se le habían ido en pagar de su propio bolsillo, sin tocar un centavo de los fondos reservados de la Presidencia, el tratamiento del cáncer de su esposa. Diez años después, en 1976, uno de los militares que lo había desalojado aquella madrugada le escribió una carta pública pidiéndole perdón.
Una pregunta que sigue abierta
Sesenta años después, la Argentina sigue discutiendo si gobernar bien es lo mismo que gobernar rápido, y si la prudencia institucional es debilidad o es, en realidad, la única fortaleza que importa cuando todo lo demás empuja para el otro lado. Illia no fue un gobierno perfecto, pero fue, hasta donde se sabe, un gobierno honesto, respetuoso de la Constitución, de la prensa y de las universidades, en un país que premió esa honestidad con un cuartelazo y una factura de cuarenta años de violencia institucional, dictaduras y olvido. Recordarlo cada 28 de junio no es un ejercicio de nostalgia radical: es, todavía hoy, una forma de medir con qué vara estamos dispuestos a juzgar a quienes nos gobiernan.
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RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
