Hay una técnica legislativa que los Ejecutivos han perfeccionado hasta convertirla en un verdadero arte. No requiere creatividad. No exige honestidad intelectual. Solo necesita audacia, algo de cinismo y, claro, una mayoría que no tenés pero que igual necesitás. La receta es simple: metés todo en la misma bolsa, le ponés un nombre bonito al paquete, y rezás para que los que quieren una sola cosa terminen votando las otras dieciséis que venían de regalo.
Eso, en el lenguaje un poco más solemne de la Ciencia Política, se llama ley ómnibus. Y en Argentina, esa figura dejó de ser una anomalía para transformarse en el modo por defecto de gobernar.
- La Ley Bases, o cómo reformar el Estado sin que nadie sepa bien qué está votando 📦
Cuando Javier Milei llegó al gobierno con su motosierra y su capa de superhéroe, una de sus primeras movidas fue enviar al Congreso un proyecto de ley que, en su versión original, tenía más de 660 artículos. Ahí estaba todo: la reforma del Estado, la privatización de empresas públicas, el RIGI, el blanqueo, la reforma laboral, la delegación de facultades extraordinarias al Ejecutivo, y hasta la cocina. Una ensalada legislativa para todos los gustos y todos los estómagos, servida de un solo golpe.
La lógica detrás de ese megaproyecto no era exactamente la transparencia republicana. Era la extorsión legislativa en su forma más pura: si querés el artículo que te interesa, te tragás los otros cien que no te gustan. El diputado que quería el RIGI para su provincia tenía que llevarse de paso la reforma laboral. El que negociaba las privatizaciones arrastraba la delegación de poderes. Y así, por acumulación de acuerdos parciales, se buscó construir una mayoría que en ningún caso hubiera aceptado votar cada medida por separado.
No funcionó.
La verdad es que no hace falta ser un experto en ciencias políticas para entender el mecanismo. La democracia se convierte en trámite. El debate, en performance. Y la representación popular, en el resultado de una negociación de pasillos donde nadie pregunta qué quieren los ciudadanos sino cuánto cuesta cada voto.
La Ley Bases terminó aprobándose, más flaca, más negociada, más raquítica que la original, pero aprobada al fin. El gobierno la proclamó como un triunfo histórico. La oposición se fue a su casa dividida. Y los ciudadanos, como siempre, miraron desde afuera sin entender muy bien qué acababa de pasar. Nada nuevo bajo el sol, en realidad.
- La reforma política, o el mismo perro con diferente collar 🐕
Uno esperaría que, después de lo que costó que saliera el ómnibus anterior, el gobierno aprendiera algo. Que entendiera que empaquetar reformas estructurales sin debate genuino genera rechazo, desconfianza y, tarde o temprano, un costo político. Pero no. La motosierra no aprende; repite. Forma rara de construir consensos.
Esta semana, mientras Milei cantaba ‘Libre’ en Israel junto a Netanyahu, anunció el envío al Congreso de un nuevo paquete de reformas, esta vez bajo el elegante paraguas de la ‘reforma política integral’. El menú incluye: eliminación de las PASO, nueva Boleta Única de Papel, cambios en el financiamiento de los partidos, suspensión de elecciones al Parlasur, debate no obligatorio y el plato fuerte que hace babar a propios y extraños, la incorporación de Ficha Limpia.
Ahí está el truco, querida lectora o lector. Ficha Limpia es el ingrediente mágico. El que hace que senadores que no quieren saber nada con eliminar las PASO en sus provincias, o que rechazan de plano que los privados financien sin límite las campañas electorales, igual terminen votando el paquete completo porque no pueden darse el lujo político de aparecer votando en contra de que los corruptos sean candidatos. Es la navaja en la espalda disfrazada de bandera ética. Una movida de manual.
Y así, de vuelta, la técnica ómnibus hace lo suyo: cada legislador agarra lo que le sirve y acepta lo que le da asco, porque el paquete viene cerrado. No hay forma de votar sí a Ficha Limpia y no al desmantelamiento del financiamiento público de la política. No hay forma de apoyar la modernización electoral y rechazar que los partidos chicos queden afuera del sistema porque no llegan al 3% o no tienen presencia en 10 provincias. Es todo o nada. Y casi siempre termina siendo todo.
III. El paraguas como arma de destrucción democrática ☂️💥
La cuestión no es menor, y conviene decirla con todas las letras: las leyes ómnibus son, en su concepción misma, un ataque a la calidad democrática. No porque estén prohibidas, de hecho no lo están, sino porque operan exactamente al revés de como debería funcionar un sistema republicano.
En una democracia que funciona bien, o que al menos intenta funcionar, cada reforma debería tener su propio proceso de debate, su propia audiencia pública, su propia exposición al escrutinio legislativo y ciudadano. Cada tema merece ser discutido en sus propios términos, con sus propios argumentos, con sus propios datos. Pero eso lleva tiempo. Y el tiempo, para un gobierno que necesita velocidad para imponer su agenda antes de que la opinión pública se dé cuenta de lo que está ocurriendo, es el enemigo.
Entonces se hace trampa. Y la trampa se llama ley ómnibus: un gran proyecto que contiene varias iniciativas de distinto signo, pensado no para facilitar el debate sino para clausurarlo. Porque si debatís cada punto por separado, hay riesgo real de que te rechacen alguno.
La eliminación de las PASO, o modificación del sistema actual, que puede tener argumentos a favor y en contra perfectamente razonables, merece un debate serio sobre el sistema electoral. Pero ese debate no va a ocurrir si está empaquetado junto con el financiamiento privado de campañas, la depuración de partidos chicos y Ficha Limpia. Porque entonces el debate ya no es sobre las PASO: es sobre todo a la vez, y sobre nada en particular. El ruido cubre el análisis. El volumen reemplaza la razón.
Además, y esto es lo que más irrita, la verdad, el gobierno lo dice en voz alta sin pudor: el proyecto entra primero por el Senado porque ahí ‘hay menos bloques’ y es más fácil conseguir votos negociando con los gobernadores. Desde Casa Rosada explican, con una sinceridad que da escalofríos, que ‘la aprobación en una cámara le da impulso para la segunda’. Es decir: no se trata de construir consenso genuino; se trata de generar inercia. Que lo que ya pasó funcione como presión sobre lo que falta. La política como bola de nieve cuesta abajo.
A modo de cierre, sin moño 🎗️
La democracia no es solo votar cada dos años. Es también, y sobre todo, deliberar, debatir, construir acuerdos sobre la base de argumentos que se someten al escrutinio público. Cuando eso se reemplaza por el arte de meter todo en la misma bolsa, lo que se degrada no es solo un proyecto de ley: es el tejido institucional que sostiene la representación política.
Sin ello, la democracia está en deuda.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror.’
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
