Javier Milei viajó a Israel. Recibió un doctorado Honoris Causa en la Universidad de Bar-Ilan. Y, con la toga puesta y el ego inflado al máximo histórico, pronunció una de esas frases que no necesitan contexto para revelar todo lo que hay detrás: ‘Con determinadas culturas no vamos a poder convivir; nosotros defendemos la vida y ellos nos van a querer matar.’
Aplausos. Foto. Diploma.
Lo que Milei no dijo, porque probablemente no lo sabe, o porque saberlo arruinaría la épica del momento, es que no estaba siendo original. Estaba parafraseando, con la torpeza característica del autodidacta que leyó el resumen de Rincón del Vago, una de las tesis más controvertidas de la ciencia política del siglo XX: el ‘Choque de Civilizaciones’ de Samuel P. Huntington. Y eso, en sí mismo, merece un análisis serio. O al menos, tan serio como nos permite la situación.
🏛️ Huntington, el original (y sus matices, que Milei ignoró olímpicamente)
En 1993, el politólogo estadounidense Samuel P. Huntington publicó en Foreign Affairs su ya célebre ensayo ‘The Clash of Civilizations?’, luego expandido en libro en 1996. Su tesis central era que, tras el fin de la Guerra Fría, los principales conflictos globales ya no se articularían en torno a ideologías o economías, sino a identidades culturales y civilizacionales: Occidente, el mundo islámico, China, la civilización ortodoxa, la latinoamericana, entre otras.
La frase de Huntington que resuena con las palabras de Milei es conocida: describió al Islam como una civilización con ‘fronteras sangrientas’. Pero, y acá viene la parte que el libertario de moda convenientemente omite, Huntington nunca postuló una guerra inevitable ni una superioridad moral de Occidente. Su argumento era descriptivo-predictivo, no prescriptivo. Era un diagnóstico geopolítico, no un llamado a las armas ni una declaración de superioridad civilizatoria. De hecho, Huntington advertía que el error más peligroso de Occidente sería asumir que sus valores son universales y que el resto del mundo debería adoptarlos por las buenas o por las malas.
Milei hizo exactamente lo contrario: tomó la parte más cruda de la tesis, la despojó de toda su complejidad analítica, y la convirtió en consigna de arena política. Huntington como arma arrojadiza. Huntington sin Huntington.
🎓 El Honoris Causa y la geopolítica del aplauso fácil
Hay que entender el contexto en el que se pronunciaron estas palabras para apreciar su carga política real. Milei estaba en Israel, recibiendo un reconocimiento académico de una universidad con fuerte impronta religiosa y sionista, justo él que se autopercibe el Presidente más sionista del mundo, en medio de un conflicto armado que lleva más de un año y medio, con más de cuarenta mil muertos en Gaza y agravado tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, y una discusión global sobre el derecho internacional humanitario.
En ese escenario, decir ‘nosotros defendemos la vida y ellos nos van a querer matar’ no es análisis político: es combustible. Es la gramática binaria del conflicto absoluto, la misma que alimenta guerras y dificulta resoluciones diplomáticas. No identifica actores, no distingue entre gobiernos y pueblos, no reconoce agencia política ni historia. Solo traza una línea: nosotros (los buenos, los civilizados, los que defienden la vida) versus ellos (los otros, los incivilizados, los que quieren matar).
Es, en términos teóricos, la versión más reduccionista y peligrosa del esquema huntingtoniano: la que el propio Huntington habría rechazado por simplista.
⚔️ El ‘Choque’ como ideología: de la teoría al eslogan
El problema con el Choque de Civilizaciones no es solo académico. Cuando una teoría geopolítica se convierte en ideología de gobierno, las consecuencias son concretas. La administración Bush usó un marco similar, aunque no citara a Huntington, para justificar la invasión de Irak en 2003. El resultado: un país devastado, el surgimiento del ISIS y dos décadas de inestabilidad regional que aún colea.
Lo que Milei hizo en Bar-Ilan es más grave que una frase infeliz: es la adopción explícita de un marco conceptual que divide al mundo en bloques culturales irreconciliables, aplicado de forma acrítica a uno de los conflictos más complejos y sensibles del planeta. Y lo hizo desde la investidura de presidente de un país que históricamente se ha parado en el multilateralismo, el diálogo y, no menor, tiene una de las comunidades árabe-argentinas más grandes de América Latina.
¿Alguien le avisó? ¿Le importó?
🌍 Argentina en el mundo: ¿a qué ‘nosotros’ se refería?
Hay una pregunta que la frase de Milei deja abierta y que ningún periodista del mainstream parece dispuesto a formularle: ¿quién es el ‘nosotros’ al que se refiere?
Si es Occidente, Argentina lleva décadas negociando con China, el mundo árabe y otras civilizaciones no occidentales, con resultados que van desde razonables hasta imprescindibles para la economía nacional. Si es Israel, Argentina acaba de tensar sus relaciones con una porción significativa del mundo islámico y con organismos multilaterales. Si es ‘los que defienden la vida’, habría que recordarle al presidente que la Argentina se jacta desde hace mucho se ser un lugar donde las diferentes ‘civilizaciones’ conviven en armonía.
El ‘nosotros’ de Milei es un nosotros excluyente, performativo y geopolíticamente irresponsable. No representa a la Argentina real; representa a la Argentina que Milei quiere vender afuera: cruzada occidental, aliada incondicional de Israel, enemiga declarada del Islam. Un producto de exportación ideológica que tiene más de marketing internacional que de política exterior seria.
🔬 Lo que la teoría dice (y Milei no leyó)
Para ser rigurosos: el Choque de Civilizaciones tiene críticos formidables dentro de la misma ciencia política. Edward Said lo desmontó en ‘El Choque de Ignorancias’ (2001), señalando que el concepto homogeneiza culturas enormemente diversas, ignora las tensiones internas dentro de cada ‘civilización’ y reproduce el orientalismo de siempre con lenguaje académico nuevo. Amartya Sen, por su parte, argumentó en ‘Identidad y Violencia’ que reducir a las personas a una sola identidad civilizatoria es no solo analíticamente erróneo, sino políticamente peligroso.
Milei no solo tomó la versión más tosca de Huntington: tomó una versión ya refutada dentro del campo académico y la presentó como verdad revelada ante una audiencia universitaria que, se supone, debería saber mejor.
Ahí está la paradoja: recibir un doctorado honorario diciendo algo que ningún doctorando aprobaría en su tesis.
📌 Conclusión: el libertario y el profeta de la guerra cultural
Javier Milei no descubrió nada en Bar-Ilan. Confirmó algo que ya sabíamos: que su cosmología política divide al mundo en un gran combate maniqueo entre el bien y el mal, la civilización y la barbarie, la vida y la muerte. Que en ese esquema no hay lugar para la complejidad, la historia ni la diplomacia. Y que está dispuesto a decirlo en cualquier foro que le aplauda, con toga y todo.
Lo que es más preocupante no es la frase en sí, los exabruptos de Milei ya no sorprenden a nadie, sino la señal geopolítica que envía: un presidente que habla el lenguaje del conflicto civilizatorio absoluto, desde una tribuna universitaria israelí, en medio de una guerra, no está haciendo análisis. Está eligiendo bando. Y esa elección tiene costos que pagará la Argentina, no él.
Huntington, al menos, tuvo el cuidado de poner un signo de pregunta en el título de su ensayo original.
Milei ni eso.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
