Lima: ese problema que los gobiernos prefieren barrer bajo la alfombra…
Lima -digámoslo sin vueltas- es una localidad que incomoda. Y no por algo que haya hecho mal. Incomoda porque existe, porque tiene identidad, y porque se niega a ser tratada como el patio trasero del municipio. Desde hace décadas, es el lugar que los intendentes de turno mencionan en los discursos, pero olvidan en las decisiones.
Para algunos funcionarios, Lima es apenas una nota al pie. Un punto lejano en el mapa del partido de Zárate que aparece solo cuando hay que nombrar algo que suene a ‘inclusión territorial’. Pero cuando toca ejecutar obras, planificar inversiones o simplemente reconocer el derecho a discutir su destino institucional, Lima desaparece de la escena como por arte de magia.
La verdad es que duele ver cómo, gestión tras gestión, la distancia entre Lima y Zárate no es solo geográfica: es política, presupuestaria y simbólica.
Autonomía: el debate que nunca se da (porque saben cómo termina)
No es nuevo. Cada tanto, algún valiente menciona la palabra ‘autonomía’ en voz alta, y la escena se pone incómoda. Como si alguien hubiera dicho una mala palabra en medio de una misa. Y no es porque no haya motivos para discutirla. Los hay, y muchos. Lo que no hay es voluntad política.
Porque claro, dar autonomía implica ceder poder, y eso sí que no. Entonces se recurre a la vieja fórmula: evasivas, frases hechas, discursos conciliadores que no dicen nada y mucha complicidad local. ‘Hoy soy el intendente de todo el Municipio’, repitió Matzkin con aire de estadista.
Sí, claro. Y yo soy el heredero de la corona británica.
La verdad es que nunca se animan a abrir el debate, ni siquiera a ponerlo sobre la mesa. ¿Por qué? Porque saben que si Lima empieza a exigir lo que le corresponde, se cae el relato de ‘municipio unificado y equilibrado’ que usan para justificar el desequilibrio absoluto.
Y mientras tanto, los limeños siguen esperando. Esperando una obra, una respuesta, una mirada que no sea condescendiente.
Cáffaro, Matzkin y la continuidad del ninguneo
Lo de Cáffaro fue claro: una ciudad para la vida, decía el eslogan, plagiado con total descaro de Medellín. Sonaba lindo, moderno, progresista. El problema es que esa ciudad para la vida no incluía a Lima, ni a Escalada, ni al sector de islas. Era una ciudad imaginaria, dibujada para la campaña y para las redes.
Y lo de Matzkin no es distinto. Cambió el eslogan, cambió el tono, cambió el look. Pasó del suéter gris al rompeviento con marca premium. Pero el desprecio por Lima siguió intacto. Sólo que ahora viene envuelto en frases largas, en lenguaje inclusivo y en posteos motivacionales.
Pero la exclusión, cuando se disfraza de neutralidad, duele más. Porque te hace sentir invisible incluso cuando te nombran. Como si te dieran una palmadita en la espalda mientras te cierran la puerta en la cara.
El Fórum rebautizado: cuando la placa pesa más que el contenido
El pasado sábado, el Fórum Cultural fue ‘bautizado’ con el nombre de Damián Bastida, histórico director de la Banda Municipal. Y hasta ahí, nada que objetar. El homenaje era merecido. Pero lo que vino después fue un festival de desatinos discursivos.
En este acto, realizado después de un año de sancionada la Ordenanza respectiva, el Intendente Matzkin, que tras sus vacaciones dejó atrás los sweaters genéricos para portar indumentaria de marca de renombre, y el Secretario de Cultura Julio Belando, descubrieron una placa en la que se menciona que Bastida había hecho un ‘incansable aporte a la vida cultural de nuestra ciudad’. Hermoso. Poético. Vacío. Hablan de Ciudad cuando deberían hablar de Distrito o Partido.
Porque si Bastida fue director de la Banda Municipal, su aporte no fue solo a ‘la ciudad’, sino al Partido entero. A todo el territorio. A Zárate, sí, pero también a Lima, Escalada, el campo y las islas.
Reducir su trabajo al ámbito urbano es no entender nada. O peor: entenderlo perfectamente, pero insistir en ignorarlo.
Y eso no es todo. La placa que develaron -de acrílico, no de bronce, no vaya a ser que contradiga el juramento de su asunción- fue solo el síntoma de un virus más profundo: el de la simplificación institucional.
Un virus que se propaga por decretos, por discursos, por actos públicos… y por omisión.
El decreto del adiós (y del olvido)
Un ejemplo claro: el Decreto N° 321/25, donde se acepta la renuncia de Iván Gómez Gerez, con sospechosos argumentos de infinitos agradecimientos mutuos y se afirma que el funcionario se va ‘orgulloso de haber contribuido activamente al proceso de transformación que atraviesa la Ciudad de Zárate’.
Y ahí está el problema. De nuevo. Otra vez.
¿La ciudad de Zárate? ¿Y el resto? ¿No estaban transformándose también? ¿O directamente todo lo que excede a la ciudad de Zárate no existe para la administración?
Lo grave no es solo lo que se dice. Es lo que se omite sistemáticamente. Porque no hay una línea, ni una coma, ni una palabra que mencione a Lima. Ni siquiera de compromiso. Como si los más de 20.000 limeños fueran una estadística borrosa.
Y lo peor es que ya ni sorprende. Nos acostumbramos a que los decretos bajen desde un despacho que sólo mira hacia el centro. Como si el Municipio fuera apenas un puñado de cuadras entre Mitre, Justa Lima y el Paseo.
El virus del centralismo: nadie quiere curarse
Esto no es nuevo, y tampoco es un error aislado. Es una forma de pensar, de gobernar y de comunicar. La estructura institucional zarateña está infectada por un centralismo crónico que se transmite como un virus. Lo respirás en cada acto, lo leés en cada nota oficial, lo escuchás en cada entrevista.
Y lo más triste es que el Concejo Deliberante sigue actuando como si nada pasara. Ni una corrección, ni una pregunta, ni una moción que cuestione esta visión sesgada del territorio. Se limitan a repetir el libreto, como si estuvieran más preocupados por caerle bien al Ejecutivo que por representar a todos los vecinos.
Pero ¿cómo hacerlo si ellos mismos cometen los mismos errores?
Nadie pone el cuerpo. Nadie se juega. Nadie dice lo que hay que decir.
Lima, otra vez afuera del mapa
En resumen, Lima sigue siendo eso que no encaja. Eso que molesta. Eso que se menciona para no parecer sectario, pero que se ignora con total tranquilidad cuando llega la hora de gobernar aunque se pretenda decir lo contrario.
Porque gobernar para todos es más difícil que hacer marketing para algunos.
Y es que para este gobierno, como para el anterior, el municipio no es una unidad diversa, sino una marca. Y Lima, lamentablemente, no vende.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror.’
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
