En coautoría con Milagros Noël.
La situación desatada en el sudoeste asiático tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán
parece cobrarse la primera víctima argentina… que curiosamente no estaba en el campo de
batalla bélico sino en el diplomático.
No bombardea, no firma órdenes ejecutivas, no aparece en los comunicados militares. Pero
estuvo ahí, puntual como un reloj, proveyendo el insumo más valioso de toda operación bélica
contemporánea: Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía
Atómica.
Junio de 2025: la resolución que precedió a los aviones
Pero la realidad actual tiene un historial que se remonta, mínimamente, al primer ataque de la
entente Trump-Netanyahu. En junio de 2025, horas antes de que Israel iniciara la llamada
“Guerra de los 12 días”, la Junta de Gobernadores del OIEA emitió una resolución censurando a
Irán por incumplimiento de sus obligaciones nucleares. Primera resolución de ese tipo en
veinte años. El texto señalaba rastros de uranio en sitios no declarados y falta de cooperación
con los inspectores. Al día siguiente, los aviones despegaron.
¿Casualidad o causalidad?
En los días previos, Grossi había declarado que Irán enriquecía uranio al 60%, definido por él
mismo como “un paso técnico corto de los niveles de grado armamentístico del 90%”. La
descripción era técnicamente correcta. El contexto en que fue pronunciada, no era neutral.
Ahora bien: en ese mismo período, el propio Grossi reconoció que el OIEA “no tenía ninguna
prueba tangible de que Irán hubiera pasado a la fase de fabricar un arma nuclear”. Lo dijo. Con
esas palabras. Y sin embargo el tono general de sus declaraciones construía exactamente la
imagen contraria: un país al borde de la bomba, con inspectores maniatados, acumulando
material que “no estaba lejos” de ser bélico.
Febrero de 2026: el truco retórico
El segundo capítulo llega en febrero de 2026, cuando los bombardeos se reanudan. Esta vez el
escenario político era aún más contradictorio: Irán había declarado su disposición a entregar
uranio enriquecido, a recibir inspectores y a discutir su programa de misiles. Las
negociaciones estaban en curso. Los aviones igual despegaron.
Grossi volvió a salir a los medios. En CNN dijo que “no iba a haber una bomba mañana ni
pasado mañana”. En redes, que “no hay pruebas de que Irán esté fabricando una bomba
nuclear”. Todo correcto. Pero en la misma ronda de declaraciones sostuvo que el OIEA “no
puede aportar pruebas de que Irán no desarrollaba armas nucleares”.
Ahí está el truco.
“No hay pruebas de que sí” es una afirmación. “No puedo probar que no” es otra
completamente distinta. La segunda invierte la carga de la prueba: ya no hace falta demostrar
que Irán construye una bomba, alcanza con que nadie pueda garantizar que no lo hace. Es el
mismo mecanismo que en 2003 usó Colin Powell en el Consejo de Seguridad para justificar la
invasión a Irak. Entonces eran armas químicas cuyos depósitos nadie encontró jamás. Ahora es
capacidad nuclear que el propio director del organismo de control admite no poder certificar.
Irán acusa, y el mundo observa
El canciller iraní Araqchi fue directo: acusó a Grossi de haber “estimulado directamente” la
resolución que sirvió de cobertura para los bombardeos. El representante iraní ante la ONU fue
un paso más allá y señaló que sus declaraciones en vísperas de los ataques “violaron
claramente el principio de imparcialidad” del organismo que conduce.
El precio de elegir bando
Grossi, vale recordarlo, aspira desde hace años a la Secretaría General de las Naciones Unidas,
y su candidatura fue anunciada y respaldada públicamente por el gobierno argentino, aunque
no concitó el respaldo regional que, mayoritariamente, eligió acompañar la candidatura de la ex
Presidente chilena Michelle Bachelet.
El cargo al que aspiran Grossi y Bachelet requiere el voto favorable del Consejo de Seguridad,
donde China y Rusia tienen poder de veto, y ambos países observaron con malestar el
comportamiento del argentino durante la crisis iraní. La ironía es completa: el hombre que
eligió el “bando correcto” para su carrera puede haber elegido, al mismo tiempo, el “bando
equivocado” para llegar adonde quiere llegar.
Pero más allá de las ambiciones personales, lo que el caso Grossi ilustra es un mecanismo
viejo con ropaje nuevo. Grossi da sustento “serio” al mismo argumento de siempre: que el
peligro existe aunque no pueda probarse. Que el riesgo es real aunque las pruebas no
alcancen. Que la inacción sería irresponsable.
Grossi cumplió ese rol con eficiencia quirúrgica. Nunca mintió. Simplemente eligió con cuidado
qué verdades decir, cuándo decirlas y con qué énfasis enunciarlas.
Técnicamente impecable. Políticamente funcional.
En definitiva, como decíamos la semana pasada en estas páginas, la ley la impone el más
fuerte. Y el técnico que le presta el lenguaje a esa ley no es menos responsable que quien
aprieta el botón.
Y esto para Grossi puede traer consecuencias. Y esto a Grossi le puede costar su carrera como
candidato a Secretario General de Naciones Unidas.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
