Ayer muchos compatriotas se manifestaron públicamente en muchas de las plazas del país, si bien las razones del reclamo eran múltiples había un hilo conductor entre la mayoría de los reclamos, la oposición al gobierno actual.
Cierto es que el manifestarse es un derecho constitucional y que a juicio de muchos de los manifestantes la República se encuentra en un punto límite del cual es difícil volver, realidad con la que no coincido puesto que hemos vuelto de situaciones peores, pero no menos cierto es que la protesta tiene algunos puntos sólidos sobre los que sustentarse.
Pese a que el Presidente de la República afirme de manera descarada que en el país no se han cercenado derechos, lo cierto es que muchos ciudadanos han visto coartados sus derechos a trabajar, a movilizarse, a disponer de sus libertades ciudadanas, entre otros, pero ello no implica que para protestar por ello se generen acciones que nos ponen en riesgo a todos.
Es preciso generar nuevos métodos de protesta para los nuevos tiempos que se viven, y con el accionar de la protesta se dan razones de acción a quienes dicen querer combatir.
Por otro lado, desde el gobierno, azuzando que este tipo de protestas generan más posibilidades de contagio pero no disponiendo acciones concretas que impidan los mismos a mediano plazo, lo que hacen es provocar este tipo de protestas.
Son como el hambre y las ganas de comer, gobierno y oposición se repelen pero se necesitan, necesitan de su alter ego porque ello les da excusas para avanzar en el sentido que desean, y curiosamente las razones se las da quien dice no compartir su pensar.
El gobierno, planteando la cuareterna y sin avizorar un horizonte de cambio del status quo, algo que de manera infructuosa intentó hacer en la última presentación el Presidente de la Nación, de manera contradictoria e insuficiente, hace que muchos deseen protestar e incluso que muchos precisen protestar dado que el gobierno no escucha, pero paradójicamente con ese accionar dan argumentos al propio gobierno para avanzar en el sostenimiento en el tiempo de este tipo de políticas dada la inconducta de una parte de la ciudadanía para actuar de manera responsable en términos sanitarios, y esto a su vez exacerba el pensamiento opositor y la rueda vuelve a rodar.
Hoy en día la responsabilidad ciudadana debe ir de la mano de la responsabilidad sanitaria. Por lo que se sabe, y esto es algo que excede al gobierno y se aplica a nivel mundial, el distanciamiento social, el uso de tapabocas y la higiene personal periódica y permanente son ejes fundamentales para evitar el contagio, por lo que la protesta, que nunca debe cercenarse, debe ir en línea con estos preceptos.
A mi juicio sobran razones para la protesta, y muchas de ellas las hemos ido desgranando columna a columna en estas mismas líneas, pero ello no implica que valga todo. No estamos, a mi juicio, ante una situación en la que valga la pena poner en riesgo la salud de muchos por movilizarse físicamente, basta con que la oposición ejerza como tal en los ambientes deliberativos del país para hacer valer los derechos de todos.
No es cuestión de callar, es cuestión de aprender nuevas formas de hablar.
Hay que exigir y protestar, pero a través de formas originales de reclamar. Vivimos una nueva época y así como modificamos muchas costumbres también tenemos que modificar la forma de protestar.
Y el gobierno no debería quedarse en la forma, equivocada a mi entender, y atender más al fondo. Son muchas las áreas en las que el gobierno está actuando mal, y el respeto a la independencia de poderes es un muy buen ejemplo inicial para comenzar a hacer las cosas de otra manera.
Mientras tanto, todo es para la tribuna en unos pasos de comedia donde desde un lado argumentan que no hay libertades, y desde el otro que no hay cercenamiento a las mismas. Pero no es blanco o negro, es mucho más sutil la cuestión, en realidad es un gris continuo en el que oficialismo y oposición se mueven con mayor placer sin tener que posicionarse de manera estática en un sitio sino tomando la fuerza del adversario, como el aikido, para su propia fuerza.
Más allá de sus discursos antagónicos y excluyentes donde pareciera ser que no hay posibilidades de contacto, quienes ayer marcharon y quienes criticaron la marcha no son más que las dos caras de la misma moneda, que en el mejor de los casos ponen en cuestionamiento de qué lado cae pero nunca se cuestionan el dejar de estar girando en el aire.
Al fin de cuentas, son el hambre y las ganas de comer.

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