🎭 La máscara y el rostro
Hay una escena que se repite en Zárate con la naturalidad de quien ya no se da cuenta de su propia contradicción. Funcionarios que hablan de transparencia mientras ocultan su propia identidad. Que prometen rendición de cuentas y terminan rindiendo… bueno, nada. Que juraron por Dios y por la Patria (los que juraron, porque hay mucho ‘funcionario’ que tiene un nombramiento pero hace algo diferente para lo que está designado) y después parecen haberle tomado juramento a la omisión.
El video que el Municipio publicó en Instagram, y que por cierto no necesita edición para resultar elocuente, muestra a numerosos funcionarios municipales sin escarapela.
Una insignia, dirán algunos. Un detalle menor, dirán otros. Pero la verdad es que la escarapela no es un accesorio de moda: es un símbolo nacional, evidencia nuestra identidad patria. Es la manera en que el funcionario dice, sin abrir la boca, ‘soy quien dice ser, y estoy acá para que me reconozcan’. Cuando no la llevan, no es descuido. Es un mensaje. Mucho más en quienes hacen del patriotismo y su exaltación un leit motiv. Es la materialización de esa vieja máxima que parece regir la política local: lo que decimos importa menos que lo que hacemos, y lo que hacemos… mejor si nadie lo ve.
En Argentina, la escarapela pasa a ser casi obligatoria, aunque más desde la tradición que desde una norma escrita.
Pero en Zárate, al parecer, ni la tradición ni la transparencia alcanzan para sostener un mínimo gesto de identificación pública. Y es que, cuando uno ya está acostumbrado a no rendir cuentas, ¿para qué molestarse en mostrar quién es?
📜 De la transparencia prometida a la opacidad ejercida
Marcelo Matzkin, intendente desde el 10 de diciembre de 2023, no llegó al poder en silencio. Como concejal durante seis años, ‘nunca dejó de caminar las calles’, según su propia biografía oficial.
Presentaba proyectos, reclamaba por el agua oscura, defendía el bolsillo de la gente y acá viene lo mejor, ‘solicitaba transparencia municipal’.
Hoy, desde el Ejecutivo, la transparencia parece haberse quedado en el camino. O mejor dicho, en la campaña.
Porque lo que exponemos en www.principedelmanicomio.ar no es una opinión: es un archivo de omisiones documentadas. La misma web que el propio Matzkin debería leer de vez en cuando, si es que todavía cree en eso de ‘caminar las calles’… aunque hoy camine otras calles.
‘Cómo la transparencia en Zárate es solo un discurso de campaña’, tituló este mismo espacio en algún momento. Y la verdad es que, si uno repasa los expedientes, la frase no suena a metáfora. Suena a diagnóstico clínico.
🔍 ¿Dónde quedó la escarapela?
Volvamos al video. Es apenas un instante, un detalle, un gesto. Pero en política, en la vida, y en la ética, los gestos hablan. Un funcionario sin escarapela es un funcionario que no quiere ser identificado. Es alguien que, en el fondo, sabe que lo que está haciendo no resiste el escrutinio público.
La contradicción entre el decir y el hacer no es un defecto de la política zarateña: es su forma de ser. Es el modo en que se normaliza lo inaceptable. Primero se promete transparencia, luego se ocultan los números, después se borran las actas, y finalmente se olvidan las escarapelas. Es una escalera descendente donde cada peldaño es un ‘detalle’ que justifica el siguiente.
🎪 El circo de los aliados
Pero no todo es culpa del ejecutivo. El Concejo Deliberante, ese órgano que debería ser el contrapeso, parece más bien un coro de aplausos programados. Los concejales, está claro, viven en otro mundo.
Y en ese silencio se construye la complicidad. Porque la contradicción entre el decir y el hacer no necesita de un solo actor: necesita de un elenco entero que sepa llevar adelante su papel. El que miente, el que calla, el que mira para otro lado, el que dice ‘es un tema menor’ cuando le señalás que no lleva puesta la escarapela.
🪞 La moraleja que no quieren leer
Hay una frase que circula por este sitio y que vale la pena repetir: ’Publicar la información es cumplir la ley. No confundir con transparencia.’
Y ahí está el quid. Porque en Zárate no falta información publicada: falta información verdadera. No falta el acta: falta lo que el acta diga lo que debe decir. No falta la escarapela: falta el funcionario que tenga la dignidad de llevarla.
La contradicción entre el decir y el hacer no es un error de cálculo. Es una estrategia. Es la forma en que se construye un poder que no quiere ser visto, que no quiere ser medido, que no quiere ser recordado. Un poder que habla de ‘nueva generación’ e ‘impronta de cambio’ mientras repite los mismos vicios de siempre, solo que ahora con mejor marketing.
Y la escarapela, esa insignia que no llevan, es la metáfora perfecta: en Zárate, el poder no quiere ser identificado. Quiere ser invisible. Quiere que lo aplaudan sin saber por qué ni quién es. Quiere que le paguen sin que le cuenten. Quiere que le crean sin que le verifiquen.
El video de Instagram es, en ese sentido, un regalo. Un regalo involuntario. Una ventana que se abre por accidente y muestra lo que todos sospechábamos: que detrás del discurso de la transparencia, de la rendición de cuentas, de la ‘nueva política’, hay funcionarios que ni siquiera se molestan en mostrar quiénes son. Porque si no mostrás quién sos, tampoco tenés que rendir cuentas de lo que hacés.
Y en Zárate, al parecer, eso es exactamente el plan.
Es más fácil para quienes nos gobiernan la contradicción entre simbolismo y substancia, y es legítimo criticarla. La escarapela, como símbolo patrio, representa un compromiso con la nación que debería traducirse en acción, no solo en ornamento. Cuando un funcionario público, cuyo cargo existe precisamente para servir al país, prescinde de un símbolo patrio en un acto oficial y luego proclama patriotismo, se produce una disonancia que resulta en patriotismo de cartón o patrioterismo.
Aunque el problema no está en la escarapela en sí, sino en lo que representa: coherencia. El patriotismo genuino de un servidor público se demuestra en el cumplimiento del deber, en la honestidad, en el respeto a las instituciones y normas legales, en el servicio a los ciudadanos. Usar o no usar una escarapela es, en sí mismo, un detalle menor; pero omitirla en un acto oficial de fecha patria mientras se declara amor a la patria revela o una desconexión entre el discurso y la práctica, o una comprensión instrumental del patriotismo: útil para el discurso, prescindible en los gestos.
El patrioterismo, esa versión ruidosa y vacía del patriotismo, consiste precisamente en eso: en hacer del amor a la patria un espectáculo declamatorio mientras se descuidan los actos concretos que ese amor debería exigir. Un funcionario que evita un símbolo patrio en una fecha patria pero luego se envuelve en retórica patriótica está practicando una forma de cinismo simbólico: el país le sirve como telón de fondo para su imagen, no como objeto de responsabilidad.
El patriotismo de un funcionario público debería medirse por sus actos de gobierno, no por sus accesorios; pero cuando los accesorios se omiten y el discurso se exagera, la cuenta no cuadra, y el ciudadano tiene todo el derecho de señalar esa incoherencia.
‘Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información’.
RODOLFO WALSH – AGENCIA CLANDESTINA DE NOTICIAS
