Torres no vino a gobernar para los zarateños. Vino a acomodarse, una vez más, en el lugar que le dieron. Y cuando ese lugar deje de servirle, saltará al próximo. Porque eso es lo que hacen los oportunistas profesionales: saltan. Siempre saltan.
Buscando: Municipalidad de Zárate
¿Habrá que esperar a una nueva campaña electoral para que los vecinos puedan tener limpio su barrio? ¿Deberán esperar que las ratas salgan en la foto para que tomen conciencia de la realidad?
Mientras en el relato se gobierna para los que menos tienen, los datos demuestran que lo que se prioriza es la posibilidad de negocio de los que más tienen.
El problema no es la temática en sí misma. Al fin de cuentas, somos muchos los argentinos que importamos costumbres culturales de otros lados. El problema -el verdadero, el que duele, el que no sale en las fotos- es que mientras hablamos de ‘la festividad de Halloween’, dejamos de hablar de lo que realmente importa.
Torres llega al Palacio Municipal con la misión imposible de ordenar el desorden, de dar volumen político a un gobierno que nunca lo tuvo, de negociar con una oposición que huele sangre.
Hoy el proceso electoral de dos tiempos expuso dos derrotas oficialistas consecutivas en menos de dos meses. Dos. Seguidas. Como si la ciudadanía estuviera tratando de enviar un mensaje en código Morse político: “Che, no nos gusta el rumbo”. Pero en el recinto parece que nadie tiene receptor.
Si la democracia se nutre de acceso, control y participación ciudadana -y no de oscuridad o silencio digital-, entonces la gestión que permite esto está fallando. En Zárate, los ciudadanos merecen algo más que pantallas de error: merecen instituciones que trabajen en la luz, no en la sombra.
El ladrón cree que todos son de su condición. Quien se vende al mejor postor cree que puede comprar cuánto quiere. Pero acá viene el detalle que estos iluminados no entienden: no es lo mismo tener valor, que tener precio.
El poder sin control es tiranía. El control sin poder es decorado. En Zárate tenemos ambas cosas: un Ejecutivo que hace lo que quiere y un Concejo que mira para otro lado. Y mientras tanto, los vecinos pagan el precio de este circo institucional.
Este episodio del festival benéfico es apenas un capítulo más en la larga saga de opacidad que caracteriza a la gestión de Marcelo Matzkin. No es el primero, infelizmente no será el último.