Desde la llegada de Marcelo Matzkin al Palacio Municipal, esta práctica de la campaña permanente se ha convertido en una constante, con la lógica de pretender mostrar un gobierno en permanente acción y procurando exhibir ante los vecinos que reclaman que no es que no se hagan cosas, sino que son tantas las cosas que se deben hacer que aún no les tocó el turno.
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Galeano debe irse. Y con ella, todos los que creen que ser funcionario es un trabajo con horario, que la función pública es un botín a repartir, que las normas son para los demás.
Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía dice el dicho, y nosotros sin ser santos ni siquiera creyentes desconfiamos y mucho de quienes dicen una cosa y hacen otra.
Matzkin prometió austeridad y gobierna con privilegios. Prometió transparencia y administra opacidad y silencios. Prometió cambio y perpetúa prácticas.
Torres no vino a gobernar para los zarateños. Vino a acomodarse, una vez más, en el lugar que le dieron. Y cuando ese lugar deje de servirle, saltará al próximo. Porque eso es lo que hacen los oportunistas profesionales: saltan. Siempre saltan.
¿Habrá que esperar a una nueva campaña electoral para que los vecinos puedan tener limpio su barrio? ¿Deberán esperar que las ratas salgan en la foto para que tomen conciencia de la realidad?
Mientras en el relato se gobierna para los que menos tienen, los datos demuestran que lo que se prioriza es la posibilidad de negocio de los que más tienen.
El problema no es la temática en sí misma. Al fin de cuentas, somos muchos los argentinos que importamos costumbres culturales de otros lados. El problema -el verdadero, el que duele, el que no sale en las fotos- es que mientras hablamos de ‘la festividad de Halloween’, dejamos de hablar de lo que realmente importa.
Torres llega al Palacio Municipal con la misión imposible de ordenar el desorden, de dar volumen político a un gobierno que nunca lo tuvo, de negociar con una oposición que huele sangre.
Hoy el proceso electoral de dos tiempos expuso dos derrotas oficialistas consecutivas en menos de dos meses. Dos. Seguidas. Como si la ciudadanía estuviera tratando de enviar un mensaje en código Morse político: “Che, no nos gusta el rumbo”. Pero en el recinto parece que nadie tiene receptor.